Los incendios en la Patagonia ya no son una noticia extraordinaria: son la repetición de un verano que se vuelve insoportable. En el noroeste de Chubut, el frente del fuego avanzó desde el lunes 5 de enero sobre la localidad de El Hoyo, dejando el saldo de al menos diez casas reducidas a cenizas. Las miles de hectáreas de bosque nativo y plantaciones de pino ardieron en la danza del viento furioso del verano más seco de la última década.
Por: Ada Augello, periodista en la Comarca Andina.
El primer lunes de enero de 2026 el cerro Pirque, uno de los que bordea al Lago Epuyén, se encendió como una vela. El fuego, desprendido del Puerto Patriada sobre las orillas del Epuyén recorrió varios kilómetros cuesta abajo, llegando a la localidad de El Hoyo. Dos días después trepó la ladera este del Pirque y llegó a la localidad de Epuyén, maltratada por las llamas hace menos de un año, dejando un centenar de familias sin hogar.
Más de una vez en estos cinco días, el incendio osciló entre el área forestal y el área de interfase, donde se entremezclan las viviendas con la vegetación. Actualmente corre llevado por el viento hacia la localidad de El Maitén, haciendo de la Comarca Andina un rescoldo, amenazando viviendas, campos productivos y emblemáticos destinos turísticos.
Los ojos que arden, piernas que duelen
Brenda Ancapichun es pobladora del Callejón Mayorga, en la localidad de El Hoyo. Cuando el fuego comenzó a descender desde el Puerto Patriada a orillas del lago Epuyén pensó en qué cosas volcar dentro de su mochila. Nunca imaginó que pasaría tres noches sin dormir.
Su relato es un mapa de la desesperación, en varios momentos quiso dar la batalla contra las llamas por perdida. “Nos turnábamos de a dos horas para dormir, porque cada vez que nos relajábamos se activaba un foco. El fuego llegó a 200 metros de la casa de mi mamá. Pedimos motobombas, pero no alcanzaron. Con amigos mojamos el patio con baldes, con lo que teníamos a mano. La impotencia fue enorme: casi perdemos todo lo que mi familia construyó desde cero”, cuenta a Feminacida.
La escena es brutal. Personas que improvisan con baldes y pelopinchos llenos de agua, que suben y bajan la montaña para vigilar focos que se reactivan con el viento durante noches eternas. Las cuerpos se convierten en trincheras donde resistir: pies heridos, manos quemadas, ojos rojos de humo.
Brenda habla de la bronca y la impotencia, pero también de la solidaridad como la única política posible, esa que implementan los vecinos que subieron con camionetas, los amigos que se quedaron a mojar patios ajenos, las hermanas que cargaron bidones cuesta arriba.
Su relato funciona como una suerte de diagnóstico: la precariedad de la respuesta estatal se entrelaza con la desidia política. Lo que Brenda describe es la traducción concreta del vaciamiento: cuando el presupuesto se recorta, la vida cotidiana trascurre en riesgo permanente.

Brenda lo dice con claridad: “Estamos en constante riesgo de perderlo todo. Nos cambió la cabeza: ahora sé que puedo subir 400 metros cuesta arriba para salvar la casa de un vecino. Pero también sé que nos dejan solos y que el bosque seco es dinamita esperando una próxima chispa.”
La tercera noche fue la peor. Las llamas eran como monos trepando las laderas del cerro Pirque. Brenda describe que: “Ya habíamos estado toda la noche con baldes, con agua tirando, regando, vaciamos todo en un pelopincho de muchos litros de agua. Llegó un momento en que empezamos a bajar y se veían todas las llamas. Dijimos: ya está, hicimos lo máximo posible. Estábamos resignados, entregados a que se frene el fuego o a que avance y coma todo lo que tenga por delante.” Ese instante de resignación es también un instante político: no nace de la falta de voluntad, nace del abandono.
El vaciamiento de las políticas ambientales
La escena se repite como un ritual cruel: brigadistas exhaustos que apenas logran sostener las mangueras, vecinos improvisando cortafuegos con palas y hachas, cisternas que llegan a destiempo y se pierden en caminos de ripio. Detrás de esa escena, un dato que arde como brasas en la piel: el presupuesto nacional destinado al Servicio de Manejo del Fuego se redujo en más de un 70% en términos reales desde 2023, según informes del Centro de Economía Política Argentina (CEPA).
Según la Ley de Presupuesto Nacional 2026 publicada por el Ministerio de Economía, las partidas destinadas al Servicio Nacional de Manejo del Fuego proyectan una caída real del 71,6% respecto del año anterior. De acuerdo con la Oficina Nacional de Presupuesto, en 2025 se dejó sin ejecutar cerca de un cuarto de los fondos asignados. Esa reducción no es un número frío: significa menos brigadistas contratados, motobombas que nunca llegan, equipamiento fuera de utilidad y comunidades que se enfrentan al fuego a lo largo y ancho del país.
Tal como lo expresó Alejo Fardjoume, trabajador de Parques Nacionales y paritario de los combatientes de incendios a Radio Con Vos: “Un brigadista que recién inicia gana 600 mil pesos. Con ese sueldo no llegás a cubrir la canasta básica. Menos brigadistas significa más riesgo, y los que quedan trabajan con equipamiento obsoleto y contratos inestables”.
Mientras tanto en el Congreso de la Nación, se pretenden flexibilizar y derogar normas ambientales —como la Ley de Bosques Nativos n° 26.331, la Ley de Glaciares n° 26.639 y la Ley de Manejo del Fuego que lleva el n° 26.562—. Leyes que costaron décadas de lucha social. La política nos devuelve una imagen lejana a las vidas arrasadas por las llamas: en el recinto, se debaten artículos que habilitarían a más desmontes y quemas.
El fuego en El Hoyo ilustra un país devastado: uno que recorta presupuestos mientras los pinares implantados como política de Estado en los 90’ se convierten en una bomba de tiempo; que flexibiliza leyes ambientales mientras las comunidades se turnan para dormir; que discute en comisiones mientras el humo cubre la montaña por completo, haciendo parecer que la vida transcurre en la estela de una goma de borrar.
Los dichos del gobernador Ignacio Torres se suman al humo como otra forma de incendio. En una conferencia de prensa llevada adelante en El Hoyo, junto al Ministro del Interior de la Nación Diego Santilli, Torres aseguró que “va a haber definitivamente una medida ejemplificadora. No le vamos a dar el gusto a ninguno de estos violentos de amedrentar o sembrar miedo en nuestras comunidades”.
En ese sentido, la narrativa punitivista funciona como un espejo roto: en lugar de asumir la responsabilidad estatal en la prevención de incendios, en la gestión ambiental y en el reconocimiento de territorios, se elige el atajo del castigo.
Como una metáfora de país
El incendio en Rincón de Lobos no solo quemó pinos: quemó la ilusión de que las leyes ambientales puedan protegernos. La agenda legislativa que pretende flexibilizar esas leyes dialoga directamente con las llamas que avanzan sobre las casas.
Hablar de esto es un acto de protección, el silencio también es combustible. Porque cada verano que esta parte de la Argentina pasa sin inversión en prevención es una chispa más sobre un territorio seco.
La historia de Brenda no es única, es la de todos los que ponen el cuerpo frente al fuego, las más de 10 brigadas comunitarias que recorren los caminos con sus tótems cargados, una motobomba y un par de manos dispuestas a todo. El incendio en El Hoyo es una nueva advertencia: sin políticas ambientales sólidas, sin presupuesto, sin leyes que protejan, el verano será siempre un campo minado.
La montaña es testigo: vio a Brenda subir con los pies heridos. La montaña escuchó la frase que se repite en cada incendio: “que sea lo que Dios quiera”. Como si el destino existiera, como si el azar fuera la respuesta.






