¿Marchamos? No puedo, estoy cansada

Mientras los sistemas políticos dividen el mundo en una polarización que parece no tener salida, en la base de la pirámide social se cocina una crisis silenciosa: la de las mujeres y disidencias cada vez más empobrecidas. La fatiga no es solo falta de sueño; en la Argentina de hoy, es una estrategia mucho más profunda y erosionante de lo que podemos percibir. La deuda dejó de ser un número macroeconómico para transformarse en una "economía de la obediencia" que gestiona nuestra capacidad y disciplina nuestro deseo. Si tenemos cuatro trabajos para sobrevivir, ¿qué tiempo nos queda para luchar?
Este agotamiento no es solo una sensación corporal, sino el combustible de un sistema que necesita cuerpos extenuados para evitar la movilización. Una realidad que se materializa en una desprotección estratégicamente pensada: la economía del hogar ha dejado de ser un equilibrio de gastos para convertirse en un asedio. “Que encadena pérdida de poder adquisitivo con la suba de la inflación, a eso hay que agregarle el desmantelamiento de las políticas estatales que podían acompañar o sostener algunos esquemas como los medicamentos”, afirma Mónica Macha, senadora de la Provincia de Buenos Aires.
El cansancio como sedante: ¿Qué tiempo queda para luchar?
La deuda con tarjetas de crédito en Argentina creció un 55% real entre julio de 2024 e igual mes de 2025, según los últimos datos oficiales del Banco Central. Cuando la supervivencia diaria se vuelve una jornada de tiempo completo, el espacio público —ese lugar donde antes se gritaba— queda vacío, desplazado por la urgencia de llegar a fin de mes. Así, la vida se debilita en todos los frentes: el externo, el interno y el colectivo. Transformando la precariedad en una herramienta de disciplinamiento que nos susurra que ya no queda energía para nada más que resistir.
En julio de 2025, el total de deudores con tarjetas de crédito en el país alcanzó las 11,5 millones de personas —casi el 25% de los habitantes. De ese total, el 91,2% acarrea una deuda de apenas 30 días. La economía del hogar ha dejado de ser un equilibrio de gastos para convertirse en un asedio en donde ya no se busca el progreso, sino para la supervivencia más básica; se pide crédito para comprar comida o pagar una farmacia. Esta "microdeuda" es especialmente cruel con las mujeres que crían solas, “Ellas se encuentran aún en una situación de intemperie aún más crítica. Las mujeres se endeudan para pagar el plato de comida de sus hijas e hijos”, agrega Macha.
La fatiga crónica de la sociedad no es un daño colateral, es el sedante. Una subjetividad agotada no tiene resto. Este cansancio administrado funciona como una barrera invisible: mientras los conflictos de la política ocupan las pantallas con gritos y grandes relatos, en el living de las casas se libra una batalla contra el sueño, el estrés y la angustia. Estar cansada en este contexto es, en última instancia, estar expropiada de la propia capacidad de futuro; porque quien no puede descansar, difícilmente pueda organizarse.
Y en este sentido, las mujeres, quienes cargan con una doble jornada laboral, son las más perjudicadas. No solo porque estamos cansadas, sino porque estamos empobrecidas. Según Claudia Goldin, economista y premio Nobel, las normas sociales y la penalidad salarial al trabajo flexible son claves para entender las brechas de género. Su argumento es que los trabajos bien remunerados son muy poco flexibles y por lo tanto difíciles de conciliar con el cuidado de los hijos. Una brecha entonces que no se cerraría solo con igual trabajo, igual remuneración sino que “se podría alcanzar si se cambiara la estructura de los empleos y las remuneraciones de modo tal de no premiar las jornadas largas o el trabajo en horarios específicos (vespertinos, por ejemplo)”.
¿Pero en qué mundo es posible pensar en la “pobreza del tiempo” de las mujeres cuando se habilita la jornada laboral de doce horas? No es solo una reforma laboral; es una clausura de la vida pública. Cuando el tiempo de vida es succionado por la producción y el cuidado, la democracia se convierte en un lujo de quienes tienen el privilegio de no estar exhaustos. Si la estructura del empleo premia la "disponibilidad total", las mujeres —principales gestoras del hogar— quedan confinadas a una ciudadanía de segunda, donde el derecho a la protesta o a la construcción comunitaria es lo primero que se entrega para poder dormir un par de horas más.
Una deuda del Estado y de las familias
En ese sentido, Luci Cavallero, socióloga y autora de varios libros que abordan la deuda, explica que en Argentina hoy la famosa motosierra está sostenida en base a endeudamiento, “del Estado y de las familias”. El endeudamiento del Estado viene a partir de que es un modelo poco sustentable que no genera divisas para poder acumular en el Banco Central, que destruye el aparato productivo del país y que entonces solo puede sostenerse en base a deuda.
El endeudamiento de las familias, que está totalmente relacionado con este modelo macroeconómico, se percibe en el aumento de los costos fijos, servicios públicos, salud, educación, internet; pero también “en un congelamiento salarial y, por otro lado, en las tasas de interés que son usureras”. Es decir, el problema es de fondo y con el Fondo la senadora provincial agrega: “Muchas veces parece una discusión abstracta pero se traduce en las condiciones de vida cotidianas y operativas de las familias. Por ejemplo: la devaluación inicial de Milei, la toma compulsiva de deuda, las políticas de ajuste, el desmantelamiento del Estado, la híper flexibilización laboral han sido todas iniciativas pedidas o condicionadas por el Fondo. Y esas medidas son las que han degradado las condiciones de vida que llevaron a millones a endeudarse con cuanta tarjeta haya para resolver la mera reproducción de la vida”.
Cuando el Estado se retira, la tarjeta de crédito pareciera convertirse en el último "derecho" disponible, pero a un costo impagable e hipotecando la autonomía. La deuda funciona como este dispositivo de obediencia, o más propiamente como violencia, así como lo define en el libro que escribió junto con Verónica Gago “Una lectura feminista de la deuda”. Como señala Cavallero: “Transforma en negocio financiero partes de la reproducción de la vida cotidiana que antes se podían solucionar con un salario o con un ingreso. Es un extractivismo financiero permanente sobre los ingresos, que no solamente incluye el capital, sino también los intereses. Por eso, va generando un despojo, porque vas teniendo que financiar cuestiones de la vida cotidiana a través de endeudamiento”. Este modelo no solo destruye el aparato productivo, sino que produce una subjetividad endeudada en donde el tiempo y el dinero son bienes de lujo.
El engranaje es perfecto: la inflación y el ajuste empobrecen; la falta de tiempo y el cansancio desmovilizan; y la deuda paraliza, obligando a las mujeres a aceptar condiciones laborales indignas o varios trabajos al mismo tiempo, solo para cubrir los intereses de haber comido el mes pasado. En esta "nueva democracia", la libertad se reduce a la libertad de elegir qué deuda pagar primero, mientras el agotamiento político se garantiza mediante una asfixia financiera que no deja espacio para la pregunta con la que iniciamos: ¿Marchamos?
¿En qué modelo democrático vivimos?
La deuda es con nosotras, enarbolamos varias veces frente al Congreso y en cada plaza del país. Pero hoy esa consigna cobra una literalidad aterradora: la deuda ya no es solo una demanda de presupuesto o de políticas públicas incumplidas, sino que se ha encarnado en el tejido mismo de nuestra supervivencia. Si la democracia se define por la capacidad de los ciudadanos de decidir sobre su destino, ¿qué queda de ella cuando nuestras decisiones están preconfiguradas por el vencimiento de una tarjeta de crédito o la capacidad de pago de una boleta de luz?
Para Mónica Macha, la respuesta es tajante: “La democracia necesita de independencia económica”. Aunque el sistema electoral emite mensajes a través del voto, la senadora advierte sobre una estructura debilitada por poderes concentrados que la erosionan como herramienta de transformación.
En este sentido, el análisis de Cavallero también contempla la una profundidad histórica del conflicto: la deuda externa, herencia de la última dictadura, nunca cuestionada en su legitimidad, hoy funciona como un mecanismo de control moderno”. Para la socióloga, es urgente discutir “qué significa que vivamos en un país donde los mercados financieros conservan una capacidad de veto que pueda desestabilizar cualquier intento de transformación social”.
“A 50 años del golpe, el horizonte debe ser el de una democracia que sirva para mejorar la calidad de vida y construir ciudadanías plenas”, añade Mónica. Sin embargo, esa plenitud es imposible bajo el actual régimen de asfixia. Para imaginar una vida justa y en común se necesita organización y voluntad política, pero reconociendo que “la economía es una variable clave y determinante”, concluye.
Vivimos en un modelo donde la "libertad" se ha desplazado del ejercicio político hacia la gestión individual. Mientras la polarización mediática se entretiene en discusiones abstractas, el sistema ha encontrado en el endeudamiento una forma de enjaular la crisis. Porque el problema parece de cada individuo y no del colectivo.
Tu deuda es tuya, entonces pagala. Al transformar una estafa macroeconómica en una angustia doméstica se despojar a la crisis de su carácter político, el sistema logra que la respuesta no sea la movilización, sino el insomnio. La deuda fragmenta; y pareciera que la única forma de solucionarla está en la capacidad de cada mujer frente a su resumen de cuentas.
Dejar de sobrevivir para volver a vivir
Entonces, frente a este escenario de asfixia, las soluciones nunca pueden ser individuales. En este sentido, tanto Luci como Mónica coinciden en que la respuesta debe ser política, operativa y urgente. Para Cavallero, el punto de partida es ético y económico: “Hay que sostener que el endeudamiento para vivir es ilegítimo”. Su mirada incluye una tríada de medidas inmediatas: recomposición salarial, persecución de la usura y la desdolarización de los precios fijos, junto con esquemas de desendeudamiento que contemplen quitas y tasas bajas para frenar la sangre que drena la economía doméstica.
Macha, por su parte, propone llevar este alivio directamente a la billetera de las mujeres mediante una “emergencia en tarjetas”, un proyecto que ella presentó en 2024 y que busca congelar deudas e intereses para que las familias puedan reorganizarse y salir de la espiral de intereses usureros. Sin embargo, ambas advierten que no hay salida sin un Estado que vuelva a cumplir su función de red: recuperar la Ley de Alquileres, garantizar el acceso a medicamentos y abrir paritarias que le ganen a la inflación.
Solo atacando todas las variables que encadenan la precariedad —desde el crédito hasta la vivienda— será posible devolverle a la sociedad el resto físico y mental necesario para volver a habitar lo público. Y en donde la pregunta por sí marchamos o no dejará de ser una carga para volver a ser una posibilidad colectiva.


