Camila Sosa Villada: “Dejé de cumplir algunas condiciones para ser travesti”

“¿Estás con ganas de analizarme?”, pregunta Camila Sosa Villada desde el sofá del hotel donde se está hospedando, en Recoleta. Ya es casi el mediodía, y aunque afuera empezó a hacer cada más frío, ella tiene un vestido negro de seda, muy escotado y ligero. Llegó a Buenos Aires desde su Córdoba natal para promocionar la republicación de El viaje inútil, un relato autobiográfico intenso e inolvidable de lo que para ella es escribir. Construido a partir de recuerdos, heridas y obsesiones personales, el libro reconstruye el recorrido que la llevó a convertirse en una de las voces más singulares de la literatura contemporánea.
La artista, que inauguró con Las Malas un camino donde la actuación, el canto y lo trans se entrelazaron creando una dimensión excepcional de lo que se puede hacer en el arte, narra en este último libro su vida para entender por qué escribe. Y como parte de esa construcción se da la cabeza contra la pared, tratando de saber cómo lo roto, lo sufrido y el amor se encausan en este proceso, en el que parece siempre estar cambiando todo, hasta su identidad: “A mí me gustaba más cuando dábamos miedo en serio, cuando lo inesperado era ver a una travesti caminando por la calle”.
Escribiste El viaje inútil hace casi una década y ahora está siendo reeditado por Tusquets, ¿cómo cambió tu concepción de ser trans a lo largo de estos años?
Yo creo que cambió cómo se concibe y, por eso, cómo yo me pienso. Ahora no es una cuestión solamente de identidad de género. Ser trans o ser travesti cuando yo crecí no se sentía igual que una travesti que de repente decide meterse en un quirófano y sale con tetas, con concha, con la nariz hecha, la boca hecha.
Para mí, ser travesti fue un largo recorrido de muchos años que empezó con las sábanas que me envolvían para que parezcan vestidos o probandome los camisones de mi mamá cuando ella se iba o encerrarme en el baño a maquillarme para ver cómo era mi rostro con un lápiz de labios encima. Yo me acuerdo que soñaba que un día me despertaba y que todo eso de que yo era un varoncito había sido una pesadilla y que en realidad era una nena. Pero después la realidad me hacía ¡Pum! ¡Pum!.
Pero ese sentimiento terminó justo con la firma del contrato de Tesis sobre una domesticación, que fue el mejor contrato que firmé hasta ahora. Ahí hubo algo que se terminó del ser travesti para mí. Hoy siento que hay determinadas condiciones que dejé de cumplir para serlo. Ahora no puedo decir solamente que soy una travesti que escribe.
¿Seguís encontrando en el sentirte prohibida algo propio de ser trans, como comentas en el libro?
Sólo a veces. Hay una especie de prohibición que lo que hace es generar más deseo, esa sí la siento, la busco. Pero ya no me prohíben entrar a un lugar, no me dicen “te tenés que retirar de este sitio”, que antes me pasaba. Y por suerte, porque además, si fuese así me pelearía, yo sí me cago en todo, en absolutamente todo. En esas instancias me doy cuenta que no tengo límites para arruinar ni mi carrera, ni mi prestigio, ni mi vida... pero eso es lo que me pasa a mí. Ahora, si le llega a pasar a alguien más, de que no las dejan entrar o les gritan o algo por el estilo, creo que calmaría las aguas, porque a las travas yo les tengo mucho cariño. A las travas viejas, a las de antes no les deseo que les pase lo que me pasa conmigo… pero a las nuevas no.
¿Por qué?
Porque soy una vieja vinagre. Me pasa como cuando los viejos se quejan de la juventud, es exactamente lo mismo. Para mí es horrible reconocerlo, estoy en ese proceso de ir pesquisando a ver a dónde hay un poquito de fascismo para ver si lo puedo sacar o cómo se puede transformar en otra cosa. Y uno de esos sentimientos es subestimar profundamente la falta de sufrimiento en el otro, que algunas tengan todo tan servido.
Muchas caminamos para que ellas hoy estén donde están, para que hoy hagan lo que hacen. Hay algo de eso que tiene que ver con el resentimiento, con ser una resentida. Pero, bueno, les tocó nacer en un mundo mejor, ¿qué le voy a hacer? Igual, a veces, eso me da envidia, me da rabia. Escucharlas decir tonterías, escucharlas tan cómodas en su lugar en el mundo, cuando para nosotras fue tan difícil. Por eso a ellas no me importa traicionarlas, pero sí a las viejas.
Ya no son esas travas picantes. Ya no son las sobrevivientes, que saben que nadie tiene nada para darles. A mí me gustaba más cuando dábamos miedo en serio, cuando lo inesperado era ver a una travesti caminando por la calle. Había algo tan interesante en eso que pasaba, que dejó de pasar un poco porque sí fuimos asimiladas. Y eso es terrible.
¿Sentís que eso puede cambiar de alguna manera?
Yo trato de causar repulsión, pero a veces es pesado, es difícil de sostener. Lo que pasa es que cuando yo estaba en la calle no existían las redes sociales, lo que sucedía ahí quedaba. Ahora me despierto todos los días con gente que me dice que soy una imbécil, una estúpida, una tarada. Y sí, una sabe que es imbécil. Ahora, ¿quién te dio permiso para estar reportándolo cada 20 minutos? Pero por el otro lado la verdad es que, ¿a quién le sirve un artista que está entero? Si se supone que los artistas están rotos porque por ahí tiene que pasar la luz, tiene que salir la oscuridad. Es en esos dos mundos donde últimamente me estoy moviendo.
¿Cómo contemplás esa dualidad de la destrucción como fructífera y la construcción como normalizadora?
Yo siempre estoy más a favor de destruir y de prender fuego que de construir. A mí me gusta lo que está roto, lo que viene roto. Y yo la verdad prefiero a los tuertos, a los homosexuales, a los rengos. A mí me gusta el caos. Soy hija del caos, me hice ahí, en un país que estaba rompiéndose. En el 2001, con el coletazo del gobierno del riojano. Ahora yo miro y digo, están todos tan preocupados por esto, por lo otro, por si los atienden o no los atienden en el médico, por si la salud deja de ser pública o no. Así vivíamos las travas hace 20 años. Nosotras venimos del futuro a decir: “mira, ahora les toca a ustedes vivir lo que nos pasaba a nosotras”. Me da gusto, ¿sabés?, verlos a todos tan preocupados porque estuvieron tan cómodos mientras nosotras pasábamos por todo esto. Qué sé yo, me da gusto, que estén sintiendose así.
Y entre tanto caos, ¿en dónde buscás refugio?
En mi papá y en mi mamá busco y encuentro toda la ternura, son mi vida. Y lo agradezco, porque hoy yo puedo comunicarme con ellos, antes nuestra unión estaba un poco intervenida. Había voces que decían tu hijo no está bien, tus padres no están bien, vos sos víctima de tus padres, ustedes son víctimas de su hijo o de su hija, fue cambiando con el tiempo.
Todo lo que yo hice en el teatro, en los libros, fue para acercarlos a mí o para expulsarlos. Tesis sobre una domesticación fue un libro para sacarlos de mi vida y no lo logré. Hace poco me tuvieron que ir a buscar, me fueron a rescatar a Córdoba, hicieron los 150 kilómetros que nos separan a través de la montaña para ir a buscarme porque yo estaba teniendo una crisis. Y me acuerdo que estaba tratando de armar la valija para bajar al cerro y no encontraba la fluoxetina y mi mamá me dijo: “tranquila, nosotros somos tu fluoxetina”.
Y mientras tanto a veces aparece algún amor que se da cuenta de todas las capas de ropa que una se pone, de todas las armaduras que una se ajusta al cuerpo para no dejarse lastimar. Para no querer también, para no querer a alguien. Y aparece un tipo, que te saca la armadura con magia… ¡ay me haces soñar…! ¿En dónde más? En mis amigos también encuentro refugio, en los perros. Los perros creo que son un animal eterno.
¿Encontrás algo parecido en la escritura?
No, la verdad que no.
¿Por qué te dedicás a escribir entonces?
Porque me da dinero. Lo mismo podría hacerlo si el cine o el teatro me dieran plata. Si no me funciona en la literatura, me funcionará en el teatro. Si no me funciona en el teatro me pararé en una esquina. Y si no me funciona en esa esquina, venderé comidas caseras. No tengo problemas con trabajar, porque aparte trabajo desde los ocho años, entiendo lo que es.
Ahora, sí me gusta cierta cosa que no se da en ninguna otra profesión. La literatura es un poco más glamorosa y tiene un tanto más de discreción. Pero cuando eso termine, se extinga, porque no vendo más libros, porque las editoriales no me quieren tener más cerca, porque soy insoportable, por lo que sea, no estoy atada a esto. Ni siquiera estoy atada a la vida.
¿Te pasa con la literatura también?
Me pasa con la literatura, también con la lectura. Una no pretende salir más entera o más parecida a sí misma después de escribir, de leer un libro. Una lo que quiere es salir cada vez más rota. Yo por supuesto salí sufriendo de Tesis sobre una domesticación cuando filmé la película. Salí destrozadísima.
¿Por qué?
Porque me había hecho mal, porque no entendía el verticalismo del cine, porque me había enamorado de Poncho, porque estaba cansada, porque se exigía muchísimo de mí y al resto se le exigía menos. A mí nadie me puso una pistola en la cabeza ni para que acepte, ni para que me quede, ni para que haga promoción de la película, ni nada. Lo elegí yo. Y el salir tan rota de esa película me hizo pensar muchas cosas alrededor de mi trabajo, de qué es lo que yo hago como actriz, cuál es mi técnica, qué es lo que hace que yo sea de determinada manera. Está bien dejar de ser una misma cada vez más, en vez de parecerse.
¿Y adónde encontrás la tranquilidad en ese sentir?
En la química moderna. En la fluoxetina, en el clonazepam, en los antidepresivos, en los ansiolíticos, en la marihuana, en las plataformas. ¿Sabes qué me da muchísima paz? Acostarme cuando no tengo nada que hacer. Después de que me levanto, me hago el desayuno, me lo llevo a la cama, me llevo la pava con el mate, prendo la serie con la que estoy enganchada y la dejo correr. Y tengo los libros al lado, y tengo el cuaderno de notas al lado y voy escribiendo, y a veces leo mientras eso sigue andando, como una música de fondo. A veces me engancho, a veces duermo mientras eso está andando. Eso sí me da mucha tranquilidad. También que los glóbulos blancos de mi papá sean los correctos, que la glucemia de mi mamá sea la aceptable, que lleguen a tiempo las medicaciones de ambos, que respeten mis silencios, que respeten cuando no quiero hablar, cuando sí me quiero comunicar con ellos. Eso me da tranquilidad.
Te escucho muy maternal…
Sí, lo sé. También lo soy con mis amigos, con mis amantes, con mis chongos. De hecho decidí que en un par de meses voy a adoptar a un perro viejo. Porque ya tuvimos una experiencia con mi mamá y mi papá de una perra muy vieja a la que le dimos los mejores últimos años de su vida. Me parece una linda experiencia, amar a alguien que sabes que va a partir. Hay algo de cuidar que me hace sentir muy bien, me parece muy alucinante, muy enriquecedor.
¿Y te gustaría escribir sobre esto?
Estoy escribiendo sobre eso. Son cuatro libros, en verdad, que hablan sobre el afecto. Es a la vez sobre esa cualidad humana en diferentes vínculos, que termina conmigo y mi afecto por el teatro. Estoy ahí, con esos manuscritos, entusiasmada, cautivada.


