El horror de Gilead continúa: el fin de la infancia y la fertilidad obligatoria en "Los Testamentos"

Por Magdalena MeyerhoffEn Cultura
El horror de Gilead continúa: el fin de la infancia y la fertilidad obligatoria en "Los Testamentos"

A 15 años de la historia de June Osborne, la secuela de Margaret Atwood llega a la pantalla para narrar el despertar de una nueva generación de mujeres bajo la teocracia de Gilead. Para las niñas del régimen, la llegada de la primera menstruación no es un crecimiento, sino una condena: el fin de la infancia y el inicio de un destino como esposas y objetos de gestación. Entre el adoctrinamiento religioso y el eco siniestro de la apropiación de bebés en la dictadura argentina, "Los testamentos" advierte que lo inverosímil es una realidad que acecha cuando decidimos ignorar las señales del odio.

“Todavía siento que me estoy ahogando”. Las palabras de Becka a su mejor amiga Agnes no son una metáfora sobre un mal día en el mar, habla de cómo se sigue sintiendo después de su bautismo. Hace ya un par de meses que el agua bendita acaba de marcarla como "útil", y ahora Agnes forma también parte de ese grupo. Estas instancias celebran en Gilead la llegada de la fertilidad —el momento en el que se deja de ser una niña para convertirse en un objeto capaz de gestar— y para Becka está siendo un camino al horror más profundo. Para ella, la madurez en Gilead no es un crecimiento, sino el inicio de una servidumbre reproductiva donde el cuerpo deja de pertenecer. Y se lo está advirtiendo a Agnes. 

En Los testamentos, Gilead continúa siendo una teocracia totalitaria y patriarcal, en donde nada cambió demasiado. Agnes (Chase Infiniti), la hija biológica de June (Elisabeth Moss), ahora parte de la familia del Comandante MacKenzie, asiste a un internado de élite que está dirigido por la tía Lydia (sí, la misma que en el Cuento de la criada). Desde allí le encargan a la joven la tarea de instruir a una nueva alumna, Daisy (Lucy Halliday), sobre lo que puede y no puede hacer. Daisy es una de las ‘Chicas Perla’, devotas del cristianismo de Gilead, reclutadas, a menudo huérfanas, que generalmente son rechazadas por las demás alumnas. Daisy creció en Canadá, andando en patineta y escuchando la radio, lejos del régimen. Tenía un novio y vivía con su mamá y su papá, hasta que ellos fallecieron. 

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Agnes es parte de la clase más alta, pero todo privilegio en este Estado termina cuando se deja de ser niña. Porque es entonces cuando la manera en que la mirada del hombre, que en Gilead es solo un animal de instintos -que no tiene por qué reprimirse y que dispone de la mujer como si fuese un objeto-, cambia por completo. Y será también esa mirada la que cambie la idea que Agnes tiene de sí misma y de la forma en la que el mundo se la rodea. 

Este universo distópico, creado por la escritora canadiense Margaret Atwood, se inició con El cuento de la criada, la obra maestra publicada en 1985, que no solo capturó la ansiedad de una época, sino que se convirtió en un espejo deformante -pero totalmente posible- de nuestras propias realidades. La novela imagina a Estados Unidos en un futuro cercano transformado en Gilead, una dictadura nacionalista cristiana que toma el poder en medio de una crisis de fertilidad, que reorganiza la sociedad según líneas patriarcales muy estructuradas. Las mujeres son despojadas de sus derechos, y aquellas en edad fértil son obligadas a la servidumbre reproductiva como "criadas" asignadas a hogares de élite.

Pero como toda historia de opresión es cíclica, exige, tarde o temprano, un relato de caída. Ahí llega Los testamentos. Esta secuela de la novela transcurre 15 años después de los sucesos de la original y fue publicada en 2019, mientras la serie original todavía estaba saliendo al aire.  Ambientada unos años después del final de El cuento de la criada, se centra en la siguiente generación de mujeres de Gilead. De alguna manera, Los testamentos es un poco más ligera y luminosa que su predecesora: es una especie de reedición juvenil. Pero es una versión que aún incluye castigos horrorosos, cadáveres pudriéndose en la horca, adoctrinamiento y abusos, y la juventud de las protagonistas hace que todo esto sea todavía más difícil de ver. 



La fuerza de la escritura de Atwood reside en esa tensión, que muestra tanto el creciente control autoritario como los cálculos que hacen las personas para adaptarse, soportar o resistir.

Su obra se construye desde una premisa inquietante: que todo lo que ocurre en sus novelas ya pasó en algún lugar del mundo. Lejos de ser ciencia ficción, Atwood define su escritura como “ficción especulativa”, un género que no inventa realidades imposibles sino que reorganiza hechos históricos y sociales que sucedieron para proyectarlos en un mismo escenario. En ese sentido, Gilead no es una fantasía, sino un montaje de prácticas reales. Así, la arquitecta de este universo, usó como uno de los pilares de Gilead el uso de la religión como herramienta de control, a partir de la interpretación manipulada de la Biblia. Porque sucede que en un pasaje del Génesis que Raquel, incapaz de concebir, ofrece a su criada para tener hijos a través de ella. Atwood retoma esta historia y la convierte en ley dentro de su ficción, poniendo en evidencia cómo los textos religiosos pueden ser utilizados para justificar estructuras de poder.



Otra de sus fuentes principales fue la última dictadura cívico militar de nuestro país: “La dictadura que sucedió en Argentina, tuvo la particular costumbre de quitarles los bebés a las personas asesinadas y entregárselos a generales o a sus familias, es decir, a las élites de la época. Esto derivó en que los niños crecieran y descubrieran que sus padres adoptivos habían asesinado a sus padres”. Esta naturalización del horror es lo que vincula la ficción de Atwood con nuestra propia historia de maternidades clandestinas. En la serie, el robo de bebés y la asignación de niños a familias de la clase alta es una ley de Estado, un eco siniestro de las apropiaciones sistemáticas que ocurrieron en los centros de detención argentinos. 

Atwood utiliza estas historias para “hacer creíble lo inverosímil”, una técnica que es necesaria cuando el realismo tradicional no alcanza para narrar los horrores de un régimen tan totalitario como Gilead. Los testamentos funciona como una alerta, señalando el peligro que estamos viviendo en nuestro presente, porque un lugar así no se construye de la noche a la mañana, sino que empieza cuando se decide ignorar los discursos de odio bajo la excusa de que exageran, que no van a pasar. Agnes y Becka están empezando a ver esas pequeñas grietas en los muros de Gilead, que son las mismas que permitieron a las víctimas de nuestra historia resistir a pesar de los golpes y la humillación, con el anhelo de que en algún momento las cosas fueran mejor. Porque la memoria y la resistencia es lo único que nos mantiene a flote cuando sentimos que, otra vez, nos estamos ahogando.

"Los testamentos" está disponible en Disney+

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