"Mamá los va a defender": la lucha de Fiorella Dalto contra la violencia vicaria

Tras 14 años de violencia, Fiorella decidió romper el silencio. En una entrevista con Feminacida, relata cómo el sistema judicial uruguayo le arrebató a sus hijos ignorando sus denuncias y utilizando figuras sin aval científico como el "falso SAP" para desproteger a las infancias.
“El 1 de marzo de 2024, mis hijos fueron obligados, de manera violenta y contra su voluntad, a abandonar su casa. Ese día, hablamos del miedo, de la tristeza y de una certeza: que mamá los iba a defender hasta que pudieran volver a su hogar”, publicó Fiorella Dalto Armúa en sus redes sociales.
Fiorella se conectó a la entrevista con Feminacida acompañada por una amiga, para enfrentar hombro a hombro la decisión de hacer público lo que durante años quedó atrapado en expedientes judiciales. Frente a la cámara tenía apuntes, fechas subrayadas y resoluciones, como si todavía tuviera que demostrar lo que lleva más de una década viviendo.
Desde hace 14 años, su vida y la de sus hijos —hoy de 11 y 14 años— están atravesadas por la violencia vicaria, una forma de violencia de género en la que el agresor daña a hijos e hijas con el fin de lastimar a la madre: un entramado de denuncias, disputas judiciales y decisiones institucionales que, lejos de protegerlos, terminaron por separarlos y utilizar a los niños como herramientas de castigo para quebrarla a ella.
A pesar de haber denunciado violencia de género y de que ambos chicos declararon en sede judicial no querer vivir con su padre, él logró la tenencia provisoria en un sistema judicial que no logró identificar ni frenar esta forma de violencia.
Aunque Uruguay, donde residen, cuenta con una ley integral contra la violencia basada en género, la violencia vicaria aún no está tipificada como delito específico, una ausencia que para especialistas refleja las dificultades del sistema judicial para reconocer a tiempo las formas más sofisticadas de castigo contra las mujeres a través de sus hijxs. “Intentar recuperar a mis hijos ha sido súper difícil. Pasé por muchos abogados y cada uno me ha ido hundiendo más. Es muy difícil encontrar uno que entienda este tipo de violencia”, explicó Fiorella.
Durante años, no nombró ni logró comprender lo que estaba viviendo. “No lo veía en ese momento. Me aisló de mi familia, de mis amigas. Él destruyó mi autoestima y mi alegría. Manejaba mi economía, yo me perdí por completo”.
Fiorella amaba su maternidad y abocó su vida a eso, mientras su expareja mantenía el foco en su trabajo. “Llegué a una instancia en la que ni ropa podía comprarme. Yo tenía mi sueldo, pero él lo usaba para solventar sus proyectos personales. Si no lo hacía, yo era mala esposa. Si compraba una remera en oferta, la escondía por meses hasta que un día la sacaba con miedo a su reacción”.
Recién cuando decidió separarse, su familia y amigas pudieron ver las condiciones en las que vivía, no sólo en lo material: “Ahí fue cuando empecé a dimensionar lo que estaba viviendo”.
El primer embarazo marcó un punto de inflexión. Mientras Fiorella se sumergía en la maternidad, la lactancia y el cuidado constante, con un cuerpo todavía atravesado por el parto, la dinámica de la pareja empezó a tensarse. “Yo estaba muy compenetrada con mi hijo, pero para él yo había cambiado: ya no era satisfactoria, ni en lo cotidiano ni en lo sexual. Él dejó de ser el centro de mi atención y yo dejé de orbitar a su alrededor como antes”, describió.
A partir de entonces, los cuestionamientos se volvieron más frecuentes. “Yo levantaba a mi hijo del preescolar y tenía que volar para casa. Si llegaba quince minutos más tarde era prueba de que me había quedado charlando con alguna mamá, y eso me causaba problemas”.
Con el tiempo, el aislamiento se volvió casi total, incluso con su madre, quien atravesaba una depresión y a quien Fiorella intentó resguardar no contándole lo que sucedía puertas adentro.
Los trámites para el divorcio fueron otro punto de conflicto: él accedió a firmar si se declaraba una tenencia compartida. “Mi abogado me avisó que me iba a arrepentir, que eso siempre traía problemas, porque el progenitor puede cumplir o no con su parte, pero después andá a reclamarle que pague una cuota alimentaria justa”.
Cuando su actual pareja se mudó definitivamente con ella y sus hijos, el progenitor volvió a castigarla: redujo de manera sustancial la manutención de los menores.
Podés leer más en: Violencia vicaria: la lucha de las madres por revincularse con sus hijes
Hijos como territorio de control
Aunque en Uruguay rige desde 2017 la Ley Nº 19.580 -que busca garantizar el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia basada en género-, en la práctica persisten obstáculos para reconocer las violencias que se ejercen a través de los hijos.
Valentina Crampet, amiga de Fiorella y abogada en Argentina, analizó al respecto: “En Argentina hay un montón de falencias, pero estamos más avanzados en cuestiones de género e infancias. Hoy la gran mayoría de los abogados de familia tienen perspectiva de género, y eso es buenísimo. En el caso de Fiorella, lo primero que me impactó fue lo mal defendida que estaba. Ahí te das cuenta de que en Uruguay faltan muchos profesionales formados en este enfoque”.
Desde su mirada, el problema no es sólo normativo sino también estructural. Muchas mujeres siguen atravesando procesos judiciales desgastantes en los que terminan siendo cuestionadas por denunciar, por insistir e incluso por no convivir con sus hijos. “La escucho y siento que no tiene salida. Me dan ganas de estudiar e ir a ayudarla yo misma”, sinceró la abogada.
Según relató Fiorella, el progenitor llegó a admitir agresiones físicas y verbales hacia uno de los menores y hacia ella misma delante de “los chiquilines”, como le gusta llamarlos. Sin embargo, las advertencias no modificaron el rumbo del expediente. Los fines de semana con su padre se extendían desde la salida de la escuela el viernes hasta el ingreso del lunes. En ese esquema, los chicos dejaron de asistir a cumpleaños, actividades deportivas y encuentros con amigos. Esto desencadenó en que “ellos dejaran de querer ir”, pero Fiorella aseguró insistirles para que “mantuvieran vínculo con su padre”, hasta que uno de los niños se desbordó, “volvía nervioso a su casa”, llegando a golpear puertas y tener estados de ansiedad. “Ahí tuve que respetar la voluntad de los chiquilines. Y todo empeoró”.
La reacción fue judicial. El padre sostuvo que los niños estaban siendo manipulados por su madre, una dinámica frecuentemente asociada al falso síndrome de Alienación Parental (falso SAP). El SAP sostiene que un progenitor (generalmente la madre) "lava el cerebro" del hijo para que rechace al otro progenitor (generalmente el padre).
Sin embargo, esta estrategia meramente judicial no tiene ningún asidero científico ni es reconocida por ninguna asociación médica o psicológica internacional. “El concepto ha sido utilizado para desacreditar a madres protectoras y neutralizar denuncias de violencia”, explicó Crampet. “ Es utilizado mucho por progenitores para ganar la tenencia de hijos y aplicar la violencia vicaria. La clave está en el análisis serio del contexto familiar, con pruebas y pericias”, agregó. En este caso, según reconstruyó Fiorella, esas evaluaciones no se realizaron. Su defensa solicitó pericias psicológicas para todo el grupo familiar, pero la Justicia no las admitió y terminó otorgando la tenencia al progenitor, ya denunciado por violencia de género e incumplimiento de la cuota alimentaria.
Otra figura clave del proceso fue la defensora de los niños, designada por el juez de familia pese a su vínculo personal con la abogada del padre, una situación que Fiorella denunció como conflicto de intereses, de nuevo, desoído por la Justicia. “Mis hijos le decían que querían volver a casa. Mi hijo me contó que esta defensora lo obligaba a declarar cosas que no quería, que no lo entendía. Pero nadie hizo nada. Es más, nunca pudieron declarar ante el juez”, aseguró. El desgaste no sólo recayó sobre ella. También alcanzó a los chicos, cuyas voces “quedaron diluidas en un expediente que avanzó sin escucharlos”.
“Estás loca”
La historia de Fiorella también expone un mecanismo conocido y persistente: cuando la violencia no logra silenciar, intenta desacreditar. “Exagerada”. “Inestable”. “Mala madre”. “Loca”. “Llegué a desbordarme emocionalmente porque estaba agotada. Pero nadie dijo ‘esta madre está colapsada y es entendible’. Fue al revés: interpretaron que yo hacía todo para que los chicos se alejaran del padre”, relató Fiorella. Esos episodios quedaron fijados en el expediente a través de informes y declaraciones profesionales que, según relató, construyeron una versión devastadora sobre su maternidad.
Sobre esto, Fiorella detalló: “Si leés ese escrito, soy la peor mamá del mundo. Hasta la psicóloga del progenitor me diagnosticó un delirio y en la Justicia se tomó por válido sin más. Sin pruebas. Yo misma pedí que me hicieran pericias psicológicas y me las negaron. Me destrozó. Literalmente me hicieron creer que yo era eso”. El proceso judicial avanzó sin contemplar el contexto de violencia que Fiorella venía denunciando. Abogados que no le permitían acceder a su propio expediente, audiencias revictimizantes y medidas cautelares que la alejaron de sus hijos y de su trabajo, en un escenario donde, subrayó, esas mismas medidas nunca fueron otorgadas cuando ella pidió protección.
Te puede interesar: Caso Alexandra Sabio: más de 80 días sin saber dónde está su hijo
Cuando la ayuda no llega
“Yo estaba desesperada. Nadie nos escuchaba ni me ayudaba. Abrí un Instagram, @mi.mami.es.fio.dalto, para contar lo que estaba viviendo, sin mencionar directamente al agresor, sino la violencia institucional que atravesaba”, relató Fiorella. La reacción no tardó en llegar: una denuncia por difamación y la amenaza de una tobillera electrónica. “En las audiencias de todo este proceso legal empezaron a hacerme preguntas tramposas, a escribir una cosa y decir otra. Empecé con ataques de pánico”, agregó.
El desgaste extremo, el miedo constante y la sospecha permanente son parte de una trama que especialistas identifican como violencia vicaria: empujar a la madre al límite y luego utilizar ese quiebre para invalidar su palabra. Aun así, Fiorella encontró contención: “Recién con un fuerte trabajo en terapia empecé a poder nombrar lo que estaba pasando. Y mis amigas armaron una red de apoyo por la que voy a estar agradecida toda la vida”.
La exposición también habilitó otros relatos: “Soy la primera mamá en Uruguay que está hablando de violencia vicaria. A partir de eso, muchas mamás me escriben. Todas tenemos historias parecidas y estamos armando una red, sobre todo para las que no tienen el círculo de contención que yo tengo”.
La urgencia de que los sistemas judiciales de Uruguay, Argentina y del mundo incorporen herramientas para detectar y sancionar la violencia vicaria es evidente. De lo contrario, seguirán reproduciendo un mismo circuito: madres desbordadas, aisladas, desacreditadas y separadas de sus hijos bajo el amparo de decisiones institucionales que, lejos de proteger, profundizan el daño.
Hoy, Fiorella sigue peleando por volver a ver a sus hijos y para que puedan regresar a su casa. “No es fácil la casa en silencio. Van meses sin contacto, sin un régimen de visitas homologado desde agosto de 2024. Mi compromiso como mamá es con mis hijos: voy a seguir esta lucha hasta que puedan ser libres de elegir y no estar bajo una sentencia judicial”.


