¿El futuro en crisis?

Ocurre de esta forma algunas veces al año. La clase se sale de lo planeado, el afuera nos inunda y reencuentra en una sensibilidad común. Cuando sucede, hay que saber detectarlo, dejarlo correr. En esta ocasión, fue a partir de la reflexión de una estudiante de quinto año de una escuela privada y subvencionada de sectores medios. Trabajamos el concepto de “extrañamiento” y les pedí que escribieran un texto que desnaturalizara algún hábito cotidiano de ellos/as o de sus familias. Les propuse que se distanciaran de esa rutina y se la explicaran a un extraño. Que hicieran el ejercicio de desmontarla, preguntarse de qué está hecha.
A. decidió partir de esta pregunta: “¿por qué tantos adultos a mi alrededor trabajan tantas horas en algo que no les gusta?” Ejemplificó con sus padres. De golpe, los del fondo, que participan poco en la materia, empezaron a levantar la mano. Las frustraciones familiares se movieron como fantasmas entre los bancos. “Mi vieja es contadora, pero odia serlo”, “A la mía la echaron”, “Veo a mi viejo trabajar doce horas por día, pero no alcanza, y pienso qué puedo estudiar para evitar eso”. Una estudiante lloró y pidió salir del aula.
Hace unas semanas, F., alumno de otro grupo, se acercó antes de que empezara la clase y confesó sus temores en torno al “después” del egreso: “¿Me va a gustar lo que haga? ¿O voy a andar en piloto automático?”. Todavía pienso en la profundidad de esa duda y en las pocas posibilidades que tienen otros adolescentes de transitarla.
Se habla mucho del incremento de los padecimientos de salud mental en las nuevas generaciones, de la dependencia que generan las redes sociales, de la búsqueda constante de “plata fácil”, de la crisis de la escuela secundaria y del giro hacia la derecha de este sector. Ahora, también, de la tendencia al endeudamiento. Hay un hilo más o menos visible que une esos fenómenos que desbordan las aulas y protagonizan este dossier de Feminacida: el desmoronamiento de los horizontes de futuro para la mayoría de los y las jóvenes.
Soñar, ¿un privilegio?
El Centro de Investigación y Acción Social (CIAS) entrevistó a cincuenta jóvenes de entre 16 y 24 años para saber qué imágenes de futuro construyen y cómo guían sus decisiones en el presente. Una mitad vive en barrios privados o contextos pudientes del conurbano norte y CABA; y la otra, en barrios populares. Para los primeros, el porvenir es un mapa atractivo con hitos claros a lograr y múltiples senderos a explorar: “Me imagino viajando por el mundo, reuniéndome con gente importante y llegando bastante lejos”, “Vivo en un entorno que me tira para adelante, que me apoya. Siempre me dieron más de lo que esperaba”, “Mi meta es independizarme, vivir de lo que estudié, que me vaya bien y ser feliz. Igual tengo tiempo para tomar decisiones, mis papás me pueden aguantar”.
En cambio, para los segundos, no es posible mirar tan lejos. La vida es un trayecto lleno de obstáculos donde “hacer las cosas bien” no garantiza resultados y las decisiones se guían por las necesidades cotidianas: “Me veo más trabajando. Están caras las cosas, y yo sé que mi mamá está sola y le cuesta. Estudiar también me gustaría, pero ahí ya le voy a tener que pedir cosas a ella y no quiero”, “En mi familia todos tenemos sueños, pero preferimos no decirlos para no estropearlos, siempre puede haber una piedrita en el medio”.
En mayor o menor medida, las desigualdades de clase siempre existieron. Lo relativamente novedoso es la caída de la promesa de movilidad social ascendente y de “progreso” a través de la educación y del trabajo. Una idea que históricamente ha organizado la biografía de miles de familias argentinas. Una pulsión necesaria. Esas familias, que depositaron sus sueños en instituciones como la escuela o la universidad, hoy se topan con los límites del sistema educativo, pero también con los de un mercado laboral con salarios magros y trabajo cada vez más precario.
A pesar del esfuerzo que implica, un título ya no es garantía de prosperidad. Quizás por eso el dilema de tantos jóvenes es si comprarse una moto o una bicicleta para trabajar en plataformas de reparto. El informe “Juventudes desiguales: entre la promesa y la exclusión” de la UCA advierte que siete de cada diez jóvenes están inactivos, desempleados o atraviesan situaciones de empleo irregular, y las dificultades aumentan entre quienes pertenecen a los estratos socioeconómicos más bajos. El empleo pleno de derechos alcanza apenas al 14,2 por ciento. Otras investigaciones señalan que la informalidad afecta en mayor medida a mujeres y disidencias.
Estos motivos, sumados a lo caro que están los alquileres, explican por qué el 38 por ciento de los jóvenes argentinos de 25 a 35 años —1,8 millones— no logra independizarse: una tendencia que se consolidó en la última década, según un informe de la Fundación Tejido Urbano. El sueño de la casa propia murió hace rato, pero ahora además es cada vez más difícil armar una vida adulta y autónoma en un hogar alquilado. No se puede analizar el descenso de la tasa de natalidad en el país sin tener en cuenta este escenario.
La imaginación colectiva en jaque
La pandemia fue un hito central en la crisis de los imaginarios de futuro. Durante esos años, la cotidianidad se transformó en amenaza e incertidumbre. Los padecimientos de salud mental persisten. Un estudio del Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) de la Facultad de Psicología de la UBA indica que las personas de entre 18 y 29 años tienen los puntajes más altos de ansiedad, depresión y riesgo de autolesiones. En el caso de los adolescentes, los suicidios constituyen la segunda causa de muerte según Unicef.
No se trata sólo de procesos personales, lo que se puso en jaque fue la imaginación colectiva. La época no augura vientos mejores y las perspectivas catastrofistas se acentuaron. El reacomodamiento global empuja hacia un escenario de mayor conflictividad bélica y los desastres ambientales llegaron para quedarse. A esto se le suma la irrupción de las plataformas y las inteligencias artificiales generativas, que alteran desde la política, el trabajo y el acceso a la información y la cultura hasta los vínculos afectivos. Son, precisamente, los territorios digitales donde las nuevas generaciones pasan buena parte de su tiempo. Mientras tanto, sus dueños, los empresarios más ricos del globo, construyen búnkeres contra el apocalipsis. Todos, fenómenos que exacerban el clima de incertidumbre.
Las imágenes no son muy alentadoras. Las capacidades estatales no logran hacerle frente a semejante sismo. Las dirigencias del campo popular no encuentran el lenguaje capaz de nombrar y politizar el malestar para crear algo nuevo. Al menos por ahora. Sin embargo, a lo largo de este suelo, abundan militantes, estudiantes, docentes y trabajadores/as comprometidos/as con torcer el rumbo del presente para prefigurar otros caminos, como lo hicimos siempre desde los feminismos y como enseñaron las Madres y Abuelas. El asunto es cómo superar la fragmentación y lograr que esas fuerzas confluyan en un mismo contraimpulso capaz de romper la impotencia y ensanchar el campo de lo posible.
La tarea requiere mucha creatividad y audacia, pero antes, exige comprender lo que está en juego. Este dossier de Feminacida se propone aportar a la construcción de un mapa de problemas que atraviesan a las juventudes desde las voces de distintas generaciones. Si algo enseña la docencia es que los pibes y pibas demandan escucha, aunque también —o más que nada— romper la lógica algorítmica y encontrarse en una conversación desafiante con otros. Un diálogo que los convoque a desentrañar este tiempo que los estimula y a la vez los entristece. Para lanzar, entonces, una pregunta o idea que lo desarme todo.


