Sillas vacías, futuros en pausa: deserción escolar, ausentismo y pobreza 

Por Dalia CybelEn Actualidad
Sillas vacías, futuros en pausa: deserción escolar, ausentismo y pobreza 

El ausentismo escolar crece mientras las desigualdades económicas, las tareas de cuidado y la falta de perspectivas de futuro hacen cada vez más difícil sostener la asistencia. Detrás de cada banco vacío hay una trayectoria que corre el riesgo de interrumpirse.

La escena se repite: sillas vacías, un nombre que no aparece en la lista, una carpeta con baches. Un docente pregunta: “¿Alguien sabe qué le pasó?”. Primero es una falta. Después son dos. Tres. Una semana. A veces son pibes que no vuelven a las aulas.

En abril del 2026, el Ministerio de Capital Humano publicó un informe que analizó la asistencia de los estudiantes secundarios día por día, a lo largo de todo el ciclo escolar 2024. El resultado fue que casi el 35 por ciento de los alumnos tiene ausentismo crónico. Dentro de ese grupo hay un subconjunto que va dejando de ir a la escuela de a poco, hasta desaparecer casi por completo hacia fin de año.

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Representan al 3,1 por ciento de los alumnos y el informe lo llama "desvinculación progresiva". Estos estudiantes empiezan el año faltando más que el resto y nunca se recuperan. Pero la problemática recrudece: el 55 por ciento no vuelve a la escuela al año siguiente.

Detrás de cada una de esas ausencias hay una historia. Un pibe que tiene que cuidar a su hermanito mientras la mamá trabaja, uno que agarra una changa, otra está menstruando y no cuenta con los productos de higiene necesarios, otro que no llega a pagar el colectivo, uno que va a la escuela solo para almorzar. Así, aunque no toda ausencia termina en abandono, las trayectorias de ausentismo sostenido pueden convertirse en una puerta de entrada a la desvinculación.

Para Laura Clark, senadora de la Provincia de Buenos Aires y Presidenta de la Comisión de Educación, Cultura, Ciencia y Técnica cada vez que nuestro país pasa por procesos económicos, sociales y políticos conservadores, impacta directamente en el modo en que las infancias y las adolescencias se relacionan con la escuela. “La escuela, pensada como centro de enseñanza y aprendizaje, con su eje en lo pedagógico, tiene que volver a tender sus brazos como un pulpo para sostener las problemáticas sociales, de salud física, de salud mental y económicas. Ahí empieza a diluirse su centralidad pedagógica”, continúa. 

Lejos de ser una cuestión de mera apatía, el ausentismo tiene que ver con múltiples factores: la pobreza, la falta de políticas de contención, el trabajo y las tareas de cuidado que asumen muchos pibes y pibas. 

“Estamos hablando de chicos que están en el sistema, pero que de alguna manera están desconectados o con trayectorias interrumpidas. Un chico que tiene más de 30 ausencias al año, es muy difícil que pueda seguir el ritmo”, explica María Sol Alzú, vocera de Argentinos por la Educación. 

Un estudio publicado en el mes de julio por esta organización muestra que entre 2014 y 2024 la terminalidad secundaria mejoró en nuestro país en todos los niveles socioeconómicos. Sin embargo, las brechas persisten. Mientras el 92% de los jóvenes de mayores ingresos completa el secundario, entre los de menores ingresos lo hace el 60%. 

“Cuando se les pregunta a los chicos de 15 años cómo se imaginan su futuro, qué quieren hacer, de qué quieren trabajar, según el último dato disponible, de 2022, más de la mitad de los estudiantes no sabe o directamente deja en blanco la pregunta”, continúa Sol. 

Las mediciones de Argentinos por la Educación indican que seis de cada 10 estudiantes secundarios consideran que la situación económica limita sus expectativas a futuro o les preocupa no tener suficiente dinero para hacer lo que les gustaría una vez que finalizan la secundaria. “El contraste entre estas expectativas y la realidad termina influyendo en la motivación y es uno de los factores que desencadena muchas veces el ausentismo”, agrega la vocera.

En un país donde cuatro de cada diez niños, niñas y adolescentes viven en hogares pobres, mientras que el 9,4% se encuentra por debajo de la línea de indigencia, el panorama es desalentador. Si bien la pobreza no explica por sí sola el ausentismo, condiciona las posibilidades de sostener una trayectoria escolar continua. 

“Cuando empieza a faltar el trabajo, no solamente se pierde la rutina ordenadora, sino que empieza a haber preocupaciones básicas como la comida, que van lastimando los vínculos”, declara la senadora Clark. “Esto genera que no se estimule la asistencia cotidiana a la escuela, sumado a causas económicas concretas, como la necesidad de que esos chicos trabajen, el costo del transporte y de los útiles escolares, entre otros”. 

Jugar en la escuela: no alcanza con que vuelvan, hay que lograr que quieran quedarse 

Sostener la asistencia no implica solamente resolver las condiciones materiales que empujan a faltar. También supone preguntarse qué hace que un estudiante quiera volver.  Mariano Fabián Calmels es educador e integrante del Consejo Federal por el Derecho a Jugar. Sobre el ausentismo en las escuelas, asegura que, lejos de tratarse de una cuestión individual, es social y cultural. En un contexto de crisis económica, muchas trayectorias subjetivas o familiares se ven fragilizadas y la experiencia placentera del juego en la escuela se diluye. 

“Cuando aparece el juego en la escuela muchas veces se lo mira de costado porque pone en jaque un montón de cosas que en teoría la escuela tiene ganadas: el control, la eficacia del tiempo, el sometimiento a ciertas reglas. El desafío es respetar el espíritu del juego en un lugar con tantas normas prescriptivas como es la escuela”.

Para Calmels, jugar en la escuela despliega capacidades que son prioridad para una vida más digna y más igualitaria. Sin embargo, asegura, en los estratos socioeconómicos más bajos, los lugares pensados para recrearse, como parques, plazas y clubes de barrio están más distantes o son menos accesibles.

“Está lleno de propuestas socioeducativas de juego, pero con eso no alcanza. Se necesita planificar. Sin que se institucionalice el juego y se acople a política de Estado no se va a asumir el problema”. 

La escuela no enseña solamente cuando el estudiante está sentado frente al pizarrón. También necesita continuidad y comunidad. Una clase se apoya en la anterior. Un vínculo se construye con presencia. El juego en el recreo fortalece los lazos sociales. La pertenencia necesita repetición: llegar, encontrarse, conversar, equivocarse, volver al día siguiente. Cuando esas repeticiones empiezan a cortarse, también empieza a resquebrajarse el vínculo con la escuela.

La escuela frente a la crisis y el desfinanciamiento de la educación pública

En Argentina la educación no se desploma por sí sola. Los espacios educativos tampoco están aislados de la crisis económica. En una época donde vuelve a haber colas interminables para conseguir trabajo y cada vez cuesta más independizarse, una juventud con poca perspectiva de futuro escucha crujir los cimientos de la escuela. 

Si el ausentismo requiere políticas de acompañamiento, la discusión también alcanza al financiamiento educativo. La Ley de Financiamiento Educativo 26.075, sancionada en 2005, estableció como meta alcanzar un gasto consolidado en educación equivalente al 6% del PBI en 2010. Luego, la Ley de Educación Nacional 26.206 incorporó ese objetivo. Según Argentinos por la Educación, el porcentaje sólo se alcanzó en 2009, 2013 y 2015. 

A esto se suma un dato clave para entender el esquema de financiamiento: históricamente, alrededor de 3 de cada 4 pesos destinados a educación son ejecutados por las provincias. No es casual que, gracias al Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, a través del Servicio Alimentario Escolar (SAE), se ofrezca comida a más de 2.5 millones de estudiantes en más de 11.700 escuelas públicas de los 135 municipios. 

“No podemos desconocer que quizás en este momento el alimento que reciben los alumnos y alumnas en la escuela sea el único o el más importante del día”, asegura Laura. “No es lo mismo comer en una escuela pública de un barrio que el almuerzo que se comparte en una escuela privada dentro de un country. Si a ese momento lo llenás de vínculos, de charla, de alimentación nutritiva, puede ser un buen momento también”.

Para Mariano Calmels, la manera en la cual la escuela puede poner en entredicho la relación directa entre pobreza y acceso a la educación es situando las trayectorias. “La escuela debe ser capaz de preguntarse sobre condiciones sociales, sobre las relaciones, la identidad familiar, la pertenencia a un barrio, a un conjunto de valores, costumbres, prácticas”. 

La asistencia y la permanencia de calidad en las escuelas son un desafío para Laura Clark. La senadora hace énfasis en que se trata de un momento donde la escuela encarna un espacio de resistencia, no solamente a los universos pedagógicos a los que está dirigida, sino también a un proyecto de país.

A pesar de los números, en el aula la ausencia no se mide en bancos vacíos. Para un docente tiene otros nombres: el estudiante que ya no participa, el que perdió el ritmo, el que dejó de entender matemática porque faltó justo cuando explicó ecuaciones, la adolescente que dejó de ir porque tiene que cuidar a sus hermanos.  

La deserción no empieza cuando un estudiante deja de ir. Empieza mucho antes, cuando el contexto y las circunstancias sociales lo obligan a correr la educación de sus prioridades.

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