Barreda: que el mito deje de tapar el cuádruple femicidio

Por Anabela MoralesEn Cultura
Barreda: que el mito deje de tapar el cuádruple femicidio

“Si todos fueron asesinados, ¿quién contará la historia?”. Con esta pregunta comienza “Barreda”, la película dirigida por Daniela Goggi que reconstruye el cuádruple femicidio cometido por Ricardo Barreda en donde asesinó a su esposa, sus dos hijas y su suegra, en la ciudad de La Plata, el 15 de noviembre de 1992.

Se trató de un crimen que estremeció a la sociedad argentina y que, durante años, fue contado desde un lugar particularmente perturbador: el del propio femicida. Barreda consiguió instalar la idea de que había sido una víctima de las mujeres de su familia, supuestamente sometido durante años a humillaciones y maltratos permanentes: “Me decían ‘conchita’, dejá así nomás que ahora lo acomoda el conchita”.

La sociedad de los noventa no sólo escuchó esa versión: la convirtió en mito y redención. El odontólogo se volvió un personaje popular, objeto de canciones, chistes, estampitas y hasta de una suerte de reivindicación masculina. Lo llamaron el “Santo Patrono de los hombres maltratados”.

Banner 01 Comunidad (fondo negro)

El impacto mediático fue parte fundamental de esa transformación. Barreda no quedó confinado a las páginas policiales: su figura comenzó a circular por programas de televisión, diarios, revistas y conversaciones cotidianas, hasta convertirse en un personaje reconocible de la cultura popular. El tratamiento de los medios y la defensa de su relato contribuyeron a desplazar el centro de la historia: ya no se hablaba solamente de cuatro mujeres asesinadas, sino del hombre que decía haber sido llevado al límite por ellas. El femicidio se convertía en anécdota y Barreda, en personaje.

Más de tres décadas después, el film Barreda intenta invertir esa perspectiva. Y lo hace a partir de una paradoja: ¿cómo contar la historia de cuatro mujeres cuyas voces fueron silenciadas para siempre?

A partir de allí, la película presenta a Gladys McDonald (Carla Peterson), Cecilia Barreda (Maite Lanata), Margarita Páez (Adriana Barreda) y Elena Arreche (Mercedes Morán) para detenerse en su cotidianeidad: sus deseos, la complicidad entre las hermanas, la relación estrecha entre madre y abuela, las pequeñas escenas de una vida familiar que existió mucho antes de convertirse en el escenario de un crimen.

Frente a ellas, la figura de Barreda aparece completamente extrañada. No necesariamente como una presencia permanentemente violenta o amenazante, sino como alguien cuya sola presencia parece alterar el clima de la casa. Sus gestos, sus modos y, sobre todo, su incapacidad para establecer un vínculo afectivo con las mujeres que lo rodean construyen una tensión que se filtra incluso en los momentos más rutinarios. Algo se vuelve incómodo cuando él está cerca. Una conversación, una comida, un intercambio cualquiera pueden bastar para modificar la atmósfera.

En esa construcción, la interpretación de Luis Machín resulta fundamental. Su Barreda no necesita levantar la voz ni desplegar una violencia permanente para incomodar: alcanza con una mirada, un gesto, una pausa demasiado larga o una reacción desproporcionada frente a una situación cotidiana. El actor trabaja sobre la rigidez del personaje y sobre su dificultad para vincularse afectivamente. En diálogo con Tiempo Argentino, el protagonista lo definió como “un hombre totalmente vacío de sentimientos”. Hay algo contenido en su actuación que vuelve imprevisible su presencia: nunca sabemos del todo cuándo esa tensión puede romperse. 

La operación más interesante de Barreda aparece, quizás, en aquello que la película no puede recuperar: las voces de Gladys, Elena, Cecilia y Adriana. La dirección, entonces, tiene que imaginar allí donde el archivo se vuelve difuso.

Y esa es una de las licencias más delicadas que se permite la ficción: reconstruir la vida cotidiana de esas cuatro mujeres sin convertir esa imaginación en una falsa verdad documental. Para lograrlo el equipo de guión —encabezado por Daniela Goggi, Juan Cavoti, Donna Tefa Sanguinetti, Tamara Talesnik y Josefina Licitra— trabajó sobre los materiales disponibles para reconstruir aquello que el archivo no podía devolver: sus voces y su intimidad.  Las vemos interactuar, organizar sus vidas, proyectar su futuro con sus respectivas parejas y también relacionarse, casi con torpeza, con ese hombre que ocupa un lugar extraño dentro de la casa. No se trata solamente de mostrar quiénes fueron asesinadas, sino de devolverles —aunque sea mediante una reconstrucción ficcional— algo que el relato público les había quitado: una vida anterior al femicidio.

El efecto es importante: la película no necesita demostrar que cada momento previo al cuádruple femicidio estuvo atravesado por una violencia física visible para construir una sensación de amenaza. La violencia también puede aparecer como un clima enrarecido, como una relación de poder: que según reconstruye la película, se ve en la impunidad con la que Barreda se permitía salir con otras mujeres incluso delante de su esposa y sus hijas; en la forma en que observa a las amigas de ellas; en esa libertad que parece adjudicarse dentro de una casa que, sin embargo, comparte con otras cuatro mujeres.

El film no intenta descubrir qué clase de monstruo era Barreda; intenta mostrar qué clase de mundo permitió que, durante décadas, la historia de cuatro mujeres asesinadas pudiera contarse como la historia de un hombre que había sido “maltratado”. Una sociedad que consiguió convertir al femicida en personaje, en mito y hasta en una suerte de antihéroe popular.

En tiempos de recrudecimiento de la violencia de género y de discursos que legitiman abiertamente el odio hacia las mujeres, Barreda propone volver sobre ese relato para disputarlo. No para volver a colocar al femicida en el centro de la disputa, sino para devolverles a Gladys, Cecilia, Margarita y Elena aquello que durante décadas quedó fuera de cuadro. Quizás, la pregunta que abre Barreda no interpela solamente a quienes hicieron aquella historia posible, sino también a quienes la contamos después: ¿qué hacemos nosotros con el relato que quedó?

Más sobre Cultura