"Furia": cuando la justicia nunca llega

La serie de la guionista Elizabeth Meriwether, quien también escribió Morir de Placer (2025) y The Dropout: Auge y caída de Elizabeth Holmes (2022), se estrenó este 27 de julio en Disney+. Con sus cinco primeros episodios, Furia invita a reflexionar sobre los vacíos y corrupciones del sistema de justicia, el lugar de las agentes femeninas, la violencia de género, el tráfico de personas y el poder sobre los cuerpos explotados.
La serie comienza, por un lado, con un hombre que se arrastra dificultosamente por el suelo de una casa mientras agoniza y, por otro, con un cambio de escena hacia un vecindario donde varias personas disfrazadas recorren las calles durante la noche de Halloween. Un niño se acerca a pedir caramelos a una figura femenina (Lola Petticrew), apoyada sobre las escaleras de una residencia, cuyo rostro permanece oculto detrás de una máscara.
"Voy a traerte algo, tengo dulces grandes adentro", exclama la mujer con entusiasmo antes de levantarse y entrar a la casa, revelando que se trata del mismo lugar donde se encuentra el hombre. Es entonces cuando se quita la máscara y vemos por primera vez su rostro. Tras observar al sujeto que intenta moverse y, lejos de ayudarlo, toma una bolsa de caramelos para entregársela al niño que espera en la puerta. "Volveré en un minuto", le dice mientras lo mira fijamente a los ojos. Acto seguido, luego de que la madre del niño rechace los caramelos por no estar envueltos, la mujer vuelve a ingresar a la casa, encuentra al hombre y le inyecta un medicamento desconocido que terminará provocando su muerte.
A partir del descubrimiento del cuerpo aparece el personaje de la agente del FBI Alice Black (Emmy Rossum), quien pasa de atender llamadas en la línea de ayuda a investigar este caso. A medida que avanzan tanto la investigación como los episodios, ella y los espectadores comienzan a identificar un modus operandi a partir de otro caso relacionado: habitaciones impecablemente limpias, inyecciones aplicadas con precisión, ninguna cuenta bancaria vaciada y, sobre todo, una novia a la que nadie conoce y que desaparece de manera extraña. A partir de entonces, encontrar a esa mujer se convierte en el eje de una búsqueda contrarreloj que se desarrollará a lo largo de cada episodio, ya que, mientras el tiempo transcurre, aparecen nuevas víctimas.
El acento de la serie se aleja de un policial clásico, dejando entrever una temática más específica: un sistema que le falla constantemente a las mujeres. Para empezar a retratar esto, hay que ponerle un lente al pasado de Black, una expolicía que sufrió violencia de género de su ex pareja, quien a su vez era su colega. Este hecho no sólo la dejó profundamente conmocionada, sino que además, la convirtió en un chivo expiatorio junto con Danny (Scoot McNairy), el único amigo policía que creyó en ella y la apoyó. Todos sus compañeros de trabajo, conocidos desde la academia, no les dirigieron nunca más la palabra y los tomaron como objeto de burlas e insultos. En este caso como en muchos otros, el castigo no termina con la violencia de género, sino que se extiende hasta la exclusión total de la persona, marcándola como una paria, una maldición que mancha a cualquiera que se acerca. El castigo nunca es individual, es colectivo y jerárquico.
La historia de Black muestra una circunstancia absolutamente contemporánea: entre el 2020 y el 2026 en Argentina, 90 femicidas pertenecían a la policía y 14 a las fuerzas armadas, según datos del Observatorio de las Violencias de Género Ahora Que Sí Nos Ven en colaboración con la Universidad Nacional de Delta.
A su vez, según la encuesta anual de 2022 realizada por la Red de Mujeres Policías de Santa Fe, siete de cada diez miembros de la fuerza de seguridad afirman que alguna vez padecieron alguna clase de violencia dentro de la institución, la mayoría en forma de "verdugueo", pero también violencia psicológica, sexual y hasta discriminación por de ser madres. A su vez, se demostró que el 64 por ciento no quiso denunciar la violencia padecida, por miedo, por la edad, por falta de recursos o por el convencimiento de que nadie les iba a creer. En la mayoría de los casos que sí hubo denuncia, la investigación se frenó por falta de pruebas o, se desconoce qué ocurrió finalmente con el avance de la causa.
A lo largo de los episodios, se ve como Black y su compañera Nora (Quincy Tyler Bernestine), especialista en crímenes sexuales y crímenes contra las infancias, son constantemente subestimadas y desmerecidas por sus hipótesis, búsquedas y razonamientos, mientras que a los demás oficiales masculinos se los felicita por su trabajo. Para poder plasmar esto, Meriwether estuvo en contacto con agentes femeninas del FBI, trabajadoras sociales y una fiscal adjunta de distrito en Brooklyn, Nueva York, que confirmaban estas mismas experiencias.
La serie irá dejando huellas sutiles de esta camaradería patriarcal existente en las estructuras de autoridad, hasta el momento de reconstruir el pasado de la criminal Catherine. Es allí que explícitamente se exhibe la corrupción y el poder dentro de los aparatos de justicia: los secretos, los encubrimientos, la falta de empatía, el abuso, el control. Nos cuenta no solo de un sistema desigual, si no de uno completamente deliberado, que organiza sus trampas y vacíos legales para que tanto la justicia como la verdad nunca salgan a flote. Es Nora quien dice ásperamente en una conversación junto a Black: “No importa, hagas lo que hagas, nunca atrapan a los verdaderos culpables. Nunca.”
En esa misma charla, es posible identificar otro componente puesto en tela de juicio: el rol de la buena víctima. Nora reclama que “ese es el mundo que tiene sentido, a las mujeres hay que pegarles, violarlas. Y tenemos que morir en silencio, no empezar a asesinar gente. A todos les gusta cuando hay una mujer dulce e indefensa tirada en el suelo. Eso me llena de ira”. En escenas previas, se muestra el momento justo en que alguien deja de serlo según el sistema legal norteamericano: “una vez que aceptas dinero por sexo en este país, eres un criminal, eres menos que humana, eres un pedazo de basura.”. Es así que la agente expone una cruda realidad: una estructura de poder que se nutre a sí misma y no encuentra dificultades para abandonar a la gente que necesita ayuda.
En Furia, los espacios donde hay trata de niños, niñas y adolescentes son usualmente frecuentados tanto por oficiales de diferentes rangos como por personas de clase alta. Conscientes de su relación con estas actividades, ambas partes arreglan su silencio y las investigaciones referidas a la trata quedan estancadas. Sumado a esto, las víctimas de este mercado se encuentran despojadas de cualquier elemento para localizarlas y reconstruir una cronología que les permita denunciar. Entonces, la única vía para su subsistencia es la reproducción de este negocio: aceptar dinero a cambio del abuso. En consecuencia, según el ojo legal norteamericano, su estado pasa a ser el de un criminal.
No obstante, Meriwether no busca caer en la dualidad víctima buena/agresor malo, su fin es complejizar aquella narrativa. En el medio y revista digital estadounidense Entertainment Weekly, ella se pregunta “¿qué podría llevar a una mujer a convertirse en una asesina en serie?¿Qué le habría tenido que pasar en la vida? Y, del mismo modo, ¿quién es la mujer que la persigue? ¿Qué le pasa por la cabeza?”. Es interesante su búsqueda ya que, tal como alarma la cifra de Ahora Que Sí Nos Ven, la violencia de género es una problemática estructural. Solo entre enero y julio del 2026, se registraron 234 intentos de femicidio.
De esta forma, la serie dialoga con un término que ha ganado mucha fuerza en el último tiempo a través de las redes sociales: el Female Rage o ira femenina. Concretamente Rossum afirma en Entertainment Weekly, que “el título de la serie, Furious, proviene de la mitología griega, de las Furias, diosas griegas que buscan venganza. Creo que hay algo realmente fascinante en eso. Eso resume a la perfección a las mujeres de la serie”. Si bien no hay una definición unánime, se puede comenzar caracterizando al Female rage como la expresión de la acumulación de frustración, impotencia, tristeza e ira generacional de las mujeres debido a las injusticias estructurales que padecen. Este termino empieza a circular en la crítica feminista, los estudios culturales y los medios, principalmente, durante las décadas de 2010 y 2020.
No se remite simplemente a “mujeres enojadas” ante un hecho abusivo, no se trata de fenómenos aislados, la ira femenina está intrínsecamente conectada con la experiencia de ser mujer, y nunca va a desaparecer. No se presenta exclusivamente como un arrebato irracional o una anomalía, sino como una respuesta consciente frente a formas persistentes de violencia, control y/o desigualdad. Más que explosiva, muchas veces se vuelve silenciosa, calculada y sostenida en el tiempo, tal como se quiere demostrar con la actuación de Petticrew y Rossum.
Aun así, esta representación funciona como la hipérbole de dicha reacción. En términos reales, matar a agresores no es justificable ni soluciona el problema de fondo: la violencia de género. Por lo tanto, es adecuado reconocer que es una narrativa interesante de explorar en la ficción, siendo ese el único universo en el que se sostiene. La verdadera alternativa se encuentra en el aparato de justicia estatal, en que actúe como debe en tiempo y forma, asistiendo a las personas que lo necesiten.
Sabiendo todo esto, Furia entiende que la violencia contra las mujeres no comienza con el crimen ni termina con la condena. Quiere mostrar que está presente en el silencio, en la incredulidad, en las investigaciones truncas, en los pactos entre quienes detentan el poder y en las estructuras que deciden quién merece ser escuchada y quién no. Por eso, la serie no habla solamente de una asesina serial, sino de un sistema que fabrica víctimas y, al mismo tiempo, les niega justicia. Y quizás esa sea la verdadera furia del título: no la de quienes matan, sino la de quienes llevan demasiado tiempo esperando que alguien responda.


