La deuda también hace match con los jóvenes

¿Qué tan preparado sale un estudiante de secundaria para enfrentar su primera deuda?
En la escuela se enseña trigonometría, las fechas patrias y la historia de los próceres, pero casi nunca se explica qué significa el ICL de un contrato de alquiler, cómo se paga una factura de gas o qué aspectos hay que tener en cuenta al administrar el dinero propio. Así, miles de estudiantes terminan la escuela secundaria con una gran cantidad de conocimientos académicos, pero también con la sensación de no haber recibido herramientas para afrontar algo tan básico como manejar situaciones económicas cotidianas. Abrir Mercado Pago, aceptar los términos sin leer y encontrarse con un crédito preaprobado forma parte de una escena habitual para miles de jóvenes.
En ese contexto, independizarse suele presentarse como el gran símbolo de la adultez. Pero, ¿qué pasa cuando alquilar un monoambiente consume más de la mitad del sueldo? ¿Hasta qué punto seguir viviendo con la familia es realmente una elección? Muchos comienzan a aprender por ensayo y error, asumiendo deudas incluso antes de poder independizarse, en un escenario donde alquilar un monoambiente ya puede representar más del 52% del sueldo.
La deuda como estrategia de supervivencia
Detrás de estadísticas y datos hay historias concretas como la de Giovanna, estudiante de secundaria de 18 años. La invitación digital le llegó apenas cumplió la mayoría de edad, a través de una notificación que le anunciaba un crédito disponible. Movida por la curiosidad y por la sugerencia de la propia aplicación de que usarlo con frecuencia le permitiría aumentar su límite, decidió estrenarlo con una compra en Mercado Libre. Si bien ella pudo pagar las cuotas gracias a la mesada que le brinda su familia, no es la realidad de todos los jóvenes. “Creo que se habla muy poco del tema. Cuando cumplís 18 años aparecen muchas posibilidades, como acceder a créditos, obtener tarjetas o recibir ofertas de los bancos, y la emoción puede llevar a tomar decisiones impulsivas”, señala Giovanna. El crédito deja de ser solo una herramienta de consumo y puede convertirse en un problema para quienes no cuentan con ingresos estables.
Cumplir 18 años ya no significa solamente poder votar o sacar el registro. Hoy, la mayoría de edad suele iniciar con una notificación en el celular de una billetera virtual que anuncia la disponibilidad inmediata de un crédito. En un contexto donde casi el 90% de los estudiantes secundarios ya utiliza estas plataformas, según el relevamiento publicado por Forbes Argentina, el acceso al dinero digital llega mucho antes que las herramientas para entender los intereses o el riesgo que implica el endeudamiento. Lo que a simple vista aparece como una oportunidad de consumo termina siendo, para muchos jóvenes, el primer paso de un proceso que las investigadoras argentinas Verónica Gago y Luci Cavallero denominan "entrenamiento de la precariedad". Detrás de esa idea hay una forma distinta de entender por qué el crédito ocupa hoy un lugar tan central en la vida de miles de jóvenes.
Para Gago y Cavallero, este concepto explica cómo vivir con dificultades económicas deja de ser algo excepcional y pasa a formar parte de la rutina. Cuando los ingresos no alcanzan y los precios aumentan constantemente, muchas personas se acostumbran a buscar distintas formas de llegar a fin de mes. En este contexto, pedir un crédito o comprar en cuotas deja de ser una decisión tomada solo en casos de urgencia y pasa a convertirse en una práctica habitual para pagar gastos de todos los días.
El riesgo de este acceso inmediato al crédito, explica Martín Rajnerman, trabajador de la Defensoría del Pueblo, se profundiza cuando las empresas que ofrecen estos servicios participan también en la definición de lo que se enseña en las escuelas. Rajnerman señala que las primeras iniciativas de educación financiera impulsadas en la Ciudad de Buenos Aires contaron con la colaboración de plataformas como Mercado Libre, Ripio y Ualá. Para él, esto resulta problemático porque “las mismas empresas que quieren sumar usuarios jóvenes son las que participaron del diseño de lo que se pretendía enseñar”. En ese sentido, considera que el rol de la escuela no debería ser preparar a los chicos para usar mejor estas plataformas. La escuela es uno de los pocos espacios donde se puede frenar, problematizar y discutir, en lugar de acelerar. Desde su mirada, la educación financiera debería ayudar a los estudiantes a comprender cómo funcionan estos productos, quienes se benefician con ellos y cuales son los riesgos que pueden implicar.
Para muchos jóvenes, vivir con los padres pasó a ser una necesidad. Esa realidad también atraviesa a Camila. Ella tiene 18 años y es estudiante de Medicina en la UBA. Aunque trabajó durante el verano para ganar experiencia y aprender a manejar su propio dinero, al comenzar la carrera decidió dejar el empleo para dedicarse de lleno a una formación que describe como muy exigente y no comprometer su salud mental frente a esto. “Como tengo la oportunidad de no trabajar, decidí dedicar todo a mi primer cuatrimestre. No quería estresarme de más”, cuenta. Por esto no imagina independizarse en los próximos años: “Me veo viviendo un poco más de tiempo en la casa de mis papás hasta que pueda realmente ejercer y ganar mi propio dinero”. En ese sentido, presentar la independencia únicamente como una cuestión de saber administrar dinero deja de lado un problema mucho más profundo, marcado por salarios que no alcanzan y un costo de vida cada vez más difícil de sostener.
Aunque no parezca, es una cuestión de género
La desigualdad se hace notar cuando la deuda no recae de la misma forma sobre todos los jóvenes, sino que está atravesada por una fuerte brecha de género. Esto no significa que varones y mujeres se endeuden de maneras completamente opuestas, sino que parten de condiciones diferentes y son interpelados de distintas formas por el sistema financiero y las plataformas digitales. Si el crédito está al alcance de cualquiera, ¿todos pagan el mismo precio por endeudarse?
Para muchos varones jóvenes, el primer contacto con el mundo financiero llega a través de propuestas que presentan el riesgo como una oportunidad. Apuestas online, inversiones rápidas y promesas de ganancias inmediatas circulan cada vez con más fuerza en redes sociales y plataformas digitales, donde la incertidumbre económica suele convivir con la idea de que "animarse" puede cambiarlo todo. En ese contexto, no sorprende que el 34% de los varones de escuelas secundarias haya participado alguna vez en apuestas digitales, frente al 13% de las mujeres, según datos concretos en la Ciudad de Buenos Aires, producidos por organismos como la Defensoría del Pueblo o Unicef-UNESCO.
Si para muchos varones el riesgo aparece disfrazado de oportunidad, para muchas mujeres la deuda suele tener otro punto de partida: sostener la vida cotidiana. Pagar los alimentos, los servicios o cubrir gastos de un hijo son situaciones que muestran que endeudarse no siempre responde a una decisión de consumo, sino a la necesidad de que el hogar siga funcionando. En ese sentido, las investigadoras Verónica Gago y Luci Cavallero sostienen que "la deuda nunca es abstracta”, impacta de manera diferente según las condiciones de vida de cada persona. Esa desigualdad se vuelve evidente en los hogares monomarentales, en Argentina casi nueve de cada diez hogares están encabezados por mujeres y solo el 36% recibe un aporte económico del progenitor no conviviente según datos recopilados por Ecofeminita a partir de un informe de Fundación SES.
Cuidar también cuesta, aunque pocas veces aparezca en una factura. Cocinar, limpiar, acompañar, criar o resolver los problemas cotidianos del hogar son tareas que recaen, en su mayoría, sobre las mujeres y siguen sin ser remuneradas. Sin embargo, ese trabajo representa el 15,9% del PBI argentino, según un informe de la Dirección Nacional de Economía, Igualdad y Género del Ministerio de Economía, que estimó el aporte económico del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. En este contexto, la deuda deja de ser un problema exclusivamente financiero.
Sin ir más lejos, los últimos datos hablan por sí solos. Según un informe elaborado por el Centro de Estudios de la Ciudad a partir de su "Mapa de la Deuda", las mujeres menores de 25 años tienen las tasas de incumplimiento más altas del país: representan un 38,25%, considerando bancos y billeteras virtuales.
Más allá de la administración personal, es un problema estructural
Al final, el problema no parece ser únicamente cuánto saben los jóvenes sobre finanzas. La pregunta de fondo es por qué una generación aprende antes a convivir con una oferta de crédito que con un salario capaz de sostener un proyecto de vida.
Mientras las aplicaciones prometen acceso inmediato al consumo y la educación financiera suele centrarse en cómo administrar mejor el dinero, quedan en un segundo plano las condiciones que hacen cada vez más difícil independizarse, estudiar o llegar a fin de mes.
En ese escenario, endeudarse deja de ser una decisión excepcional para convertirse, muchas veces, en una estrategia de supervivencia. Tal vez el desafío no sea enseñar solamente a usar el crédito con responsabilidad, sino preguntarse por qué, para tantos jóvenes, el crédito aparece antes que las oportunidades. ¿Qué significa hacerse adulto cuando el crédito llega antes que la independencia?


