¿Quién tomará la posta? El desafío de transmitir la memoria a las nuevas generaciones

Los 50 años del golpe de Estado reavivan la pregunta sobre cómo transmitir el legado de Madres y Abuelas a los y las jóvenes de hoy, para quienes la última dictadura cívico-militar remite a una época cada vez más lejana. ¿Cómo anudar el pasado con las inquietudes y las preocupaciones del presente? ¿Qué experiencias son capaces de generar sentido y de movilizar sensibilidades y posiciones en tiempos negacionistas? En este artículo, el relato de docentes, estudiantes y militantes que encaran a diario esa tarea.
Luna iba a nacer el 24 de marzo de 2008. Su mamá rogó que se demorara unos días más. No quería celebrar la vida de su hija el mismo día que otras mujeres lloran la desaparición de sus hijos o nietos. Y así fue.
La niña llegó una semana después. Desde chica, empezó a marchar cada 24 de marzo con su familia a Plaza de Mayo. Recién a sus 8 años entendió por qué lo hacían. El disparador fue una clase sobre las Islas Malvinas en su escuela, en Palermo, CABA. Luna sintió curiosidad y le preguntó a sus padres qué había pasado en la última dictadura cívico-militar. Cuando le regalaron su primer celular, empezó a indagar más en las redes sociales. Pero las respuestas más profundas las encontró en la historia de una amiga con la que compartía las vacaciones de verano: la hija de un nieto recuperado.
Luna creció en el país de los pañuelos blancos, donde las marcas del terrorismo de Estado perviven y delimitan el horizonte de lo imaginable. Sin embargo, para su generación, 50 años es mucho tiempo. En este aniversario del Golpe, mientras los discursos negacionistas avanzan y las coordenadas de la discusión pública se corren, una pregunta se impone: ¿Qué experiencias motorizan un interés por la memoria entre las juventudes nacidas en los 2000? ¿Qué desafíos atraviesan docentes, militantes y familiares de víctimas que intentan transmitir el legado del Nunca más?
¿Quiénes tomarán la posta cuando las Madres y Abuelas ya no estén?
El trabajo en el aula
Un adolescente recorre la Ex ESMA junto a su escuela. Al final, la docente habla fervorosa sobre lo que vieron. Las huellas del horror. El chico pide la palabra:
—Eso que a vos te pasa no lo sentimos en el cuerpo —dice mientras se acaricia los brazos—. Está muy lejos. Tanto, que no nos hace nada.
Desde la pandemia, las reacciones de muchos estudiantes en torno al Golpe se distancian cada vez más de lo esperable. En esos jóvenes pensó Mónica Zwaig, autora de Avisale a mi mamá, una novela coeditada por Siglo XXI y el CELS para trabajar la memoria con las nuevas generaciones. El protagonista, Teo, tiene que hacer una monografía de tema a elección para aprobar segundo año. Como el profesor de Historia le cae bien, elige la última dictadura. Para investigar, recurre a la inteligencia artificial (IA), que le responde sus preguntas. Hasta que, de repente, un detenido de los setenta se filtra en la conversación entre Teo y el chatbot.
¿Qué es la IA en la historia sino una pasarela en el tiempo? “Me parecía interesante y gracioso que un instrumento tan moderno nos explique algo que pasó hace 50 años –cuenta Zwaig a Feminacida–. Muchos jóvenes no conocen en profundidad esta parte tan importante de la historia del país. Saben que existen los desaparecidos, pero no exactamente qué significa el terrorismo de Estado. Y tienen mucha inseguridad a la hora de hablar del tema. Pero ¿cuántos materiales sobre dictadura están pensados para un adolescente?”.
Zwaig imaginó la novela como un punto de partida para conversar en las aulas. Visualiza una lectura acompañada por adultos que intente romper eslóganes y habilitar dudas. El CELS se dio la misma tarea con la elaboración de una guía de preguntas y respuestas para jóvenes: “¿Por qué hubo organizaciones que eligieron la violencia política como estrategia?”, “¿De qué hablan quienes piden memoria completa?”. Ideas que en otro momento no se confrontaban, pero que ahora circulan con fuerza en los entornos digitales. Incluso, en videos oficiales del Gobierno libertario.
Silvina Pascucci es docente de Historia en escuelas públicas de CABA y valora esa apuesta: “Uno de los problemas de años anteriores –en el kirchnerismo, por ejemplo– fue no terminar de saber hasta dónde estaban entendiendo lo que explicábamos. Las dudas siempre nos dan la pauta de qué comprenden y qué no. Pero respecto a la dictadura, muchas veces, la pregunta parecía inhabilitada. Entonces, aquellos chicos que no venían de familias con un capital cultural o conocimiento vinculado al tema escuchaban al docente firme en una postura y optaban por el silencio”.
Para Manuel Becerra, también docente de Historia en CABA, hay que diferenciar dos planos. Uno es el de la memoria colectiva, que se expresa en actos escolares, en el repudio a los crímenes de lesa humanidad y en la puesta en valor de la lucha que convirtió a Argentina un país de referencia en el mundo en derechos humanos. Todos los años, las comunidades educativas buscan formas creativas para que el 24 de marzo no pase de largo.
Ada tiene 18 años y cuenta que en su escuela, una institución emblemática de la Ciudad de Buenos Aires, el centro de estudiantes organiza un teatro ciego para los más chicos. Los y las adolescentes entran al SUM con los ojos vendados. De fondo, se escucha el anuncio de los militares que proclaman el Golpe, sirenas, gritos y las Madres que preguntan dónde están sus hijos. Lo que se busca es una experiencia sensorial que los conmueva.
Becerra considera que el abordaje de la efeméride no precisa un tratamiento diferencial. De insistir se trata. Pero con los pañuelos y las consignas no basta. Lo que hay que rever son las clases de Historia en secundaria: “Debemos repensar nuestros abordajes para que gane más volumen el proceso histórico que desembocó en la última dictadura cívico-militar”. Ese proceso implica abrirle la puerta a las preguntas incómodas sobre consensos que parecían inquebrantables: “El terrorismo de Estado no empezó el 24 de marzo de 1976 y tenemos que discutir cuándo arrancó. Hay que reconocer que había violencia en las organizaciones armadas y explicar por qué no fue una guerra. También es legítima la pregunta sobre cuántos desaparecidos fueron concretamente siempre y cuando trate de acercarse a la verdad y no como una agresión al símbolo”.
Pascucci coincide en que no hay que asustarse ante el señalamiento de los 30 mil que fogonean los contenidos oficialistas. “Ahora que los estudiantes contradicen más al discurso hegemónico sobre la memoria y al docente, tenemos que tomar esos comentarios para reforzar aún más nuestra explicación”. Además, profundizar en las motivaciones detrás del terrorismo de Estado: “A veces hay una idea instalada de la monstruosidad de lo que ocurrió –vuelos de la muerte, torturas, robos de bebés–, pero me parece que hay una ignorancia enorme respecto al por qué, es decir, al modelo económico neoliberal que se implantó en ese período”.
La Historia viviente
Ana Ríos Brandana tiene 27 años, es nieta de José Ignacio Ríos y Juana María Armelín y sobrina nieta de Oscar Dionisio, desaparecidos que militaban en el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). Desde ese dolor se sumó a la fundación de Nietes, organismo de derechos humanos “de juventudes y para juventudes”, que abre conversaciones en instituciones educativas y centros barriales de todo el país. También, en las redes sociales, “terreno de militancia” donde pueden llegarle a muchos pibes y pibas.
Cuando Ana va a las escuelas a contar su historia, suele notar indiferencia. “El 24 de marzo es un feriado más”, escucha en más de una oportunidad. Entonces, pregunta si algún estudiante tiene familiares desaparecidos o si conoce a alguien que los tenga. Y algunos levantan la mano. “Recordar implica un lugar activo en la elaboración de los hechos. Tiene que haber algo que le genere al pibe un agenciamiento para apropiarse de la Historia y que no quede sólo en los manuales. Para eso, hay que humanizar lo que pasó, dar testimonio, que haya rostros y nombres. Construir un diálogo intergeneracional”, apunta en diálogo con Feminacida.
Una misión de su generación, dice, es recuperar las identidades diversas de los militantes de los setenta: por qué querían exterminarlos, que hacían, para qué luchaban y qué proyecto de país tenían en mente, “porque no todas las organizaciones peleaban por lo mismo”. También, las biografías de quienes no estaban organizados, pero encarnaban en sus propias vidas la rebeldía ante el paradigma que se buscó imponer, como la comunidad LGBTQNB+.
Ángel se acercó a algunas de esas historias en San Martín. Tiene 21 años, nació en el barrio Lanzone de José León Suárez y ahora vive en Villa Ballester. Su aproximación a la dictadura fue de la mano del Programa Jóvenes y Memoria, que invita a los adolescentes de escuelas y organizaciones sociales a investigar problemáticas de derechos. Desde sus inicios, los grupos exponían sus trabajos finales en Chapadmalal. En ese viaje, muchos pibes y pibas conocían por primera vez el mar. Desde que los complejos turísticos de la ciudad balnearia cerraron por disposición del Gobierno de Milei, el evento es en Punta Lara, partido de Ensenada.
El grupo de Ángel optó por mapear los desaparecidos de San Martín. En cada cuadra, pusieron un símbolo de “ubicación” hecho con arcilla donde figuran los nombres de las víctimas y la fecha en que se las vio por última vez. Al año, lo contrataron como coordinador en un centro juvenil que participa del programa. Ángel atesora muchos recuerdos, pero lo que más le impactó fue ir a una de las rondas de las Madres de los jueves. Para muchos de sus compañeros, era la primera vez que iban a la Plaza. “Sentí que era parte de la Historia, la Historia viviente. Yo las miraba tan grandes y pensaba que ahora nos toca a nosotros”, rememora.

La potencia del arte
Profesores y jóvenes acuerdan en al menos un aspecto: la memoria necesita anudarse con el presente, dialogar con lo que los estudiantes conocen para que después logren salirse de ellos mismos y así pensarse en una comunidad, en una sociedad, en un país. En una Historia que los involucra y excede a la vez. Con esta perspectiva surgió “Cartografías íntimas”, un proyecto de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) dirigido a escuelas secundarias en Lomas de Zamora. A través de un recorrido por el distrito, centrado en sitios de memoria y en espacios significativos para sus habitantes, se busca deconstruir la idea de que el pasado es algo acabado y lejano. Esa experiencia se procesa en talleres de técnicas artísticas que le permite al alumnado plasmar lo trabajado a través de murales, fanzines, podcasts y otros formatos.
El circuito incluye desde el Pozo de Banfield, excentro clandestino de detención, hasta la Reserva Santa Catalina, un espacio natural de más de 700 hectáreas de gran importancia patrimonial. Allí fue encontrada en 2017 Anahí Benítez, víctima de femicidio que estudiaba en la Escuela Normal Antonio Mentruyt (ENAM). “La simbólica”, como se conoce a la institución con orientación en Arte, es uno de los establecimientos que participa en el proyecto. El asesinato de Anahí y la violencia de género son algunas de las preocupaciones que manifestaron los estudiantes en los talleres.
“Es importante pensar la memoria territorialmente, leer continuidades y rupturas respecto a la dictadura, entender que la violencia de ese período histórico no es una cápsula cerrada. Y atender a los reclamos de esta generación. El ejercicio de mapear el barrio permite identificar nuevas problemáticas y trazar un futuro. ¿Cómo podemos a partir de esto que sucedió trabajar con otros para producir algo nuevo y propio?”, reflexiona Alma Scolnik, tallerista de arte e integrante del equipo de investigación de Cartografías.



Cecilia, egresada de La simbólica, fue parte de esa experiencia. Junto a su grupo, hizo un mural con papel y engrudo. Retrataron a una abuela de perfil, con lentes y sin pañuelo, para que cualquier otro pibe la mire y piense en la suya. A sus espaldas, un lápiz de su mismo tamaño. Dentro, recortes con consignas como “ni un paso atrás” o “a dónde vayan los iremos a buscar”. Lo que más rescata Cecilia fue el trabajo en equipo con sus compañeros: “El proyecto nos unió a todos como grupo. Antes de Cartografías teníamos información sobre la dictadura, pero con este proyecto dijimos ‘wow, esto pasó muy cerca de nuestras casas y escuela’. Y nos involucramos”, dice a Feminacida.
A 22 kilómetros, en la escuela de Luna se abría una posibilidad: un proyecto optativo en torno a los 40 años de democracia. La invitación era a investigar los cambios que sufrió la institución en los setenta y en las décadas que siguieron, pero se tornó algo más grande. Un grupo de estudiantes de secundaria y otros de primaria hicieron un podcast llamado “Grabado en la memoria” con entrevistas a referentes de derechos humanos. Luna siente que, en esos diálogos, incorporó rigor y “profesionalismo” a la hora de hablar de dictadura. Y seguridad para hablar con otros: “Me permitió hacer algo con todo lo que sabía, no quedarme sólo en los libros”.
El final fue, al igual que en Lomas, un mural comunitario. En este caso, con la técnica de esgrafiado, capas de color que se raspan sobre la pared para dejar salir lo que está abajo. En el dibujo se ven imágenes elegidas por los adolescentes: jóvenes que levantan la bandera del centro de estudiantes, otros que toman mate en el recreo, una pelota encadenada, libros prendidos fuego. Y una abuela que abraza a su nieta.
En la cara de la nieta pusieron un espejo. “Para que cualquier pibe o piba se vea reflejada”.


