El mar como trinchera: las argentinas que zarpan hacia Palestina

Desde el puerto de Barcelona, más de dos mil activistas de todo el mundo se preparan para zarpar en la Global Sumud Flotilla. Entre ellas, un grupo de mujeres argentinas —médicas, abogadas y referentes territoriales— deciden poner el cuerpo para romper el bloqueo sobre Gaza y transformar la denuncia a distancia en una intervención humanitaria urgente sobre el mar. Feminacida, de la mano de Sol Bajar, estuvo presente en el inicio de ese viaje. Una crónica a los pies de la historia.
Es domingo en el puerto de Barcelona y el movimiento es constante. Esta vez, el ritmo no lo marcan los paseadores de perros, los deportistas ni los turistas en el emblemático Moll de la Fusta. En un escenario montado por cientos de voluntarios que se organizan hace meses, se escuchan cantantes y activistas entre puestos de productos y panfletos. Hay mochilas abiertas, cajas que pasan de mano en mano y banderas que se mezclan en distintos idiomas. Algunas mujeres revisan listas; otras se abrazan en el reencuentro. Nadie corre, pero todo parece urgente.
Los barcos están ahí, quietos todavía. Pero ya no son solo barcos.
En unas horas, más de dos mil personas de diversos países zarparán hacia Palestina en la Global Sumud Flotilla, una misión pacífica que busca romper el bloqueo impuesto por el Estado de Israel y llevar ayuda humanitaria por vía marítima. Entre la tripulación hay médicas, estudiantes, técnicas, abogadas y militantes argentinas. No llegaron hasta acá por casualidad.
“De repente la flotilla se nos reveló como algo distinto”, dice Sandra Garrido, abogada feminista de Galicia. “Una forma de llamar la atención, de denunciar públicamente de una manera que no se pudiera ignorar”.
La escena no tiene nada de espontánea; es el resultado de decisiones acumuladas y discusiones políticas que hoy encuentran una forma concreta: subirse a un barco. El mar, aquí, no es paisaje. Es una herramienta de intervención.
Diversas trayectorias, un mismo puerto
No pertenecen a una misma organización ni comparten una única biografía, pero algo las une: todas llegan a este puerto tras haber transitado otras luchas.
Sandra Garrido viene del activismo con personas presas en Galicia. Cristina, desde Esquel, en la Patagonia argentina, integra organizaciones ambientales. Iara Salerno es la médica argentina de la Posta de salud que acompaña a los jubilados en Buenos Aires. Mariona, de 20 años, estudia Historia en Barcelona; Eva Saldaña dirige Greenpeace España y Moira Millán habla desde la resistencia del pueblo mapuche.
“Siempre estamos defendiendo el agua y los territorios”, dice Cristina. “Y lo que pasa en Palestina es un genocidio. Si no luchamos contra eso, ¿contra qué vamos a luchar?”.
Para Mariona, la decisión es generacional: “La juventud siempre fue clave contra la guerra. Tenemos que estar acá para volver a poner en el centro lo que ocurre en Palestina”. Iara lo define con la misma claridad: “Es necesario que los ojos del mundo vuelvan a posarse sobre Gaza”. No hay ingenuidad en sus palabras; hay una lectura compartida: ya no alcanza con solo mirar.


Mujeres sobre las olas: el punto de inflexión
La decisión de embarcar no es un gesto aislado. Se repite una idea: el límite de la observación. “Los poderes están disociados de la sociedad civil; no representan a la ciudadanía”, explica Garrido. Por eso la flotilla aparece como una forma de romper la "denuncia a distancia" y pasar a la acción. “No queremos que el genocidio nos pase por la cara en vivo y en directo y no hacer nada”, agrega Iara.
Esa urgencia se traduce en términos de humanidad básica. Para Cristina, la prioridad es clara: “Estamos decidiendo sobre la vida. No hay hoy nada más importante que frenar un genocidio”.
Mariona lo analiza desde la estructura: “Vivimos en un sistema que nos obliga a ser cómplices. Incluso los gobiernos que dicen apoyar al pueblo palestino financian la guerra comprando y vendiendo armas. Y eso lo pagamos nosotras, la juventud, las mujeres, las disidencias, la clase trabajadora”.
Desde su propia historia, Moira Millán traza un puente inevitable: “Como mujer mapuche de un pueblo que atravesó un genocidio, entiendo la dimensión de esto y cómo los conflictos se trasladan a otros territorios”.
La flotilla, entonces, no se vive como un acto humanitario aislado, sino como una de las mayores acciones directas no violentas de la actualidad. “Es fundamental apoyarla porque el movimiento social es más necesario que nunca”, concluye Eva Saldaña.
En ese cruce —donde lo personal se vuelve político— la decisión se simplifica. Ya no es solo viajar; es tomar partido.


