Trabajadoras de casas particulares: una lucha que no se puede domesticar

Por Micaela Arbio GrattoneEn Actualidad
Trabajadoras de casas particulares: una lucha que no se puede domesticar

Georgina es estudiante de Letras y trabajadora de casas particulares en Tucumán. En esta nota, desarma la paradoja de un sector que sostiene la vida, pero sobrevive en la informalidad, el desprecio de clase y el vacío legal. Entre la reforma laboral y la organización colectiva, una crónica sobre la urgencia de reconocer que cuidar y limpiar es trabajo y que los vínculos no pueden ser material descartable.


A Georgina se le quiebra la voz por primera vez en toda la entrevista. "La cuidé desde los seis años hasta los diez. Cuando me quedé sin ese trabajo y quise volver a verla, el padre me lo negó rotundamente. Se siente como un destrato, como si no hubiera sido nadie en su vida después de haberla criado tantos años", relata. Ella trabaja en casas particulares desde sus 20 años y gracias a que conoció a su amiga Valeria es que pudo identificar que esto que le pasó es un ejemplo dentro de todas las violencias que atraviesan la labor que ambas practican. 

Georgina y Valeria se cruzaron en los pasillos de la Universidad Nacional de Tucumán. Entre apuntes de Letras y Ciencias de la Educación, descubrieron que compartían mucho más que el aula, ambas sostenían sus estudios limpiando y cuidando en casas ajenas. Fue Valeria, heredera de una genealogía de trabajadoras particulares, quien le puso palabras a lo que Georgina vivía. Juntas empezaron a habitar la facultad con una identidad política nueva, la de la primera generación en su familia que pudo estudiar una carrera, entendiendo que la precarización que sufren no es una cuestión aleatoria, sino un problema naturalizado que afecta a gran parte de las personas que trabajan en esto. La conciencia colectiva choca a diario con la precariedad de un sector donde la informalidad es la regla y no la excepción. 

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Según datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del tercer trimestre de 2025, en las grandes ciudades del país, hay más de 810 mil personas que componen al sector. “Las trabajadoras que realizan tareas domésticas y de cuidado en hogares particulares representan casi un 13% dentro del total de ocupadas mujeres”, analiza Economía Feminista. Esto significa que una de cada 8 ocupadas en Argentina trabaja en este sector de la economía. Además, dentro de las mujeres que trabajan en relación de dependencia, alrededor de 1 de cada 6 tiene como ocupación principal el trabajo en hogares particulares. La tasa de feminidad del sector es del 99% y la informalidad es del 77%, de acuerdo a un informe publicado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT)

*Georgina y Valeria en la marcha por las universidades

En Tucumán, Georgina denuncia que las ofertas salariales muchas veces perforan cualquier piso legal. Mientras la hora debería rondar los $3.600, en los grupos de búsqueda de trabajo algunos ofrecimientos no superan los $2.500. A este recorte se le suma la ausencia de viáticos, obligando a las trabajadoras a costear su propio traslado en un contexto de crisis profunda. Según ella, la reciente reforma laboral terminó de desmantelar las pocas herramientas de defensa que había, extendiendo el periodo de prueba a seis meses y eliminando las multas por la falta de registro, un problema que Georgina define con claridad: "Antes las herramientas existían, ahora ni eso".

Esa fragilidad laboral convive con una subestimación que Georgina siente en el cuerpo cada vez que cruza la puerta de una casa ajena. A pesar de estar a pocos pasos de recibir su título de profesora de Letras y de haber dictado talleres en la materia, para uno de sus ex empleadores ella seguía siendo, ante todo, "la empleada". Georgina recuerda con nitidez el enojo del padre de la niña que cuidaba cuando ella intentaba prepararla para rendir un examen de Lengua: un ensayo sistemático por "bajarle el precio" a su conocimiento académico. Para el poder doméstico, resulta inadmisible que quien limpia y cría sea una persona formada. “De hecho, yo tenía mucha más formación que él, que no estudió nada y es taxista”, sentencia.

Ese desprecio de clase se manifiesta también en la negación de los vínculos. Tras cuatro años de criar a "la nena", la ruptura de la relación laboral de forma inesperada –cuando su empleadora se quedó sin trabajo, automáticamente ella también– significó un muro afectivo: el padre le prohibió volver a verla. Sin un lazo biológico ni un contrato que reconozca la dimensión humana del cuidado, Georgina se encontró sin herramientas legales para reclamar el derecho a seguir presente en la vida de la niña que ayudó a formar. “No siempre es así; tengo amigas a las que les pasó lo contrario y mantienen el vínculo con quienes cuidaron”, relata a Feminacida.

Frente a este escenario de desprotección y "destrato", la respuesta de Georgina, junto con su amiga Valeria, fue la organización colectiva. En el Encuentro de Mujeres y Disidencias de 2024 en Jujuy, participaron de la comisión de trabajadoras de casas particulares, donde entendieron que sus vivencias no eran hechos aislados, sino un patrón compartido. De allí surgieron herramientas de resistencia como los fanzines —entre ellos, uno titulado "Ser doméstica", de Valeria—, que distribuyen en ferias y marchas para visibilizar las leyes que las protegen y denunciar las violencias que el sistema intenta ocultar.

Fanzine realizado por Valeria Aguilera @valeaguilera.ilustraciones

La organización colectiva como refugio

Ante un sistema que individualiza el reclamo y lo reduce a una "mala suerte" personal, estas dos amigas apostaron a la construcción de una red donde la catarsis se transforme en organización. "Fue muy transformador encontrarnos con otras mujeres que viven lo mismo, sacarnos la idea de que estamos solas en el mundo. Por eso, empezamos a construir un recursero colectivo", agrega Georgina.

Esa red de contención se vuelve vital en una provincia donde las estructuras tradicionales parecen haberles dado la espalda. Georgina explica que, en Tucumán, no existe un sindicato específico que represente sus necesidades; solo cuentan con el de Amas de Casa, una figura que no termina de abrazar la complejidad de su tarea. En este vacío, la organización entre pares es la única barrera contra la desesperación: “Es muy difícil organizarse en este momento, cuando yo rechazo un trabajo por dos monedas porque no es lo que corresponde por ley, hay un montón de gente dispuesta a agarrarlo y te dicen ‘pasame el número si vos no lo querés’”. Contra esa fragmentación y la "sumisión absoluta" que el sistema espera de quienes realizan tareas de cuidado, Georgina y sus compañeras encuentran en el cuestionamiento y la formación como únicas herramientas para no quedar, una vez más, a la deriva.

En Argentina existe el Régimen Especial de Contrato de Trabajo para el Personal de Casas Particulares, sancionado mediante la Ley 26.844. Esta normativa establece cuáles son los derechos fundamentales que, como señala la protagonista, muchas veces son ignorados en la práctica cotidiana. Para ella, la autopercepción como sujetas de derecho es una gran batalla: "Yo soy fruto de mis compañeras; gracias a haberme cruzado con ellas es que hoy puedo hablar. Hay muchas de ellas que están mucho más formadas que yo y me enseñaron mucho".

En esta nota sobre el trabajo en casas particulares, se desarma la paradoja de un sector que sostiene la vida, pero sobrevive en la informalidad, el desprecio de clase y el vacío legal.
Valeria

Trascender el servicio

Más allá de los porcentajes de informalidad y las violencias atravesadas –entre ellas acoso por parte de sus patrones varones–, Georgina rescata una dimensión de este trabajo en el disfrute del encuentro humano. En su memoria no solo hay registros de malos pagos y destratos, sino también algunos refugios que construyó junto a quienes cuidó. Para ella, el cuidado de personas puede ser una experiencia "muy linda" cuando se logra gestar un vínculo genuino que trasciende la mera relación de servicio.

Esa conexión la encontró con una persona en particular. Georgina recuerda con especial brillo sus tardes de trabajo con un hombre que había sido militante y exiliado, dueño de una biblioteca que se convirtió en territorio compartido. "Eran adultos muy lectores, entonces conectábamos y nos flasheábamos toda una tarde hablando de libros", narra a este medio. En esos momentos, la jerarquía de empleada y empleador se disolvía en un debate literario, permitiéndole habitar su formación en Letras en el lugar menos esperado.

Negarse a que su labor sea reducida a un simple intercambio de fuerza de trabajo por dinero es tal vez la mayor resistencia de Georgina. Al reivindicar el lazo afectivo y el intercambio de saberes, disputa el sentido de lo que significa "servir". Sin embargo, advierte que ese mismo afecto es un arma de doble filo, una herramienta que humaniza el día a día, pero que el sistema utiliza para desdibujar los límites laborales y exigir una entrega que nunca es retribuida con derechos.

La historia de Georgina termina donde empieza la de tantas otras: en la convicción de que cuidar y limpiar es un trabajo fundamental. Mientras espera su título universitario y sigue peleando por salarios dignos en Tucumán, ella elige quedarse con esa imagen de una tarde de sol, un libro abierto y una conversación que no se pudo domesticar.

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