"Éramos carnaza para el calabozo": el grito de las sobrevivientes trans de la última dictadura militar

Carla Fabiana Gutiérrez tenía 14 años cuando fue detenida por primera vez. Era una noche de invierno del ‘76: hacía pocos meses la dictadura era un hecho y el miedo que se vivía de noche no impidió que Fabiana saliera de su casa por primera vez vestida de mujer. El anhelo era tan grande que nunca pensó que escaparse a escondidas, casi como una aventura, podía terminar con ella completamente desnuda en un calabozo: "No sabía la motivación que tenían, yo sólo lloraba desconsolada. Era la primera vez de mi vida vestida de mujer y lo primero que hicieron fue pegarme, meterme adentro de un auto y me hicieron desaparecer. Hasta que no llegué a donde me llevaron, no supe si me iban a matar, a quemar o qué. Nosotras éramos carnaza para el calabozo".
Esa noche, Fabiana terminó detenida en el Pozo de Banfield, una antigua dependencia de la Brigada de Investigaciones de la Policía, ubicada en el oeste de la Provincia de Buenos Aires. Allí funcionó un centro clandestino de detención, que tuvo la particularidad de empezar a operar como tal durante el gobierno constitucional de María Isabel Martínez de Perón, desde noviembre de 1974.
"Los militares no te querían ver en la calle, querían ocultarnos". Julieta 'Trachyn' González tenía 16 años cuando pisó por primera vez esa dependencia. Ya había estado detenida antes, pero esa noche fue diferente: "Me acuerdo que llegamos y pasamos un pasillo largo, una escalera y fuimos al primer piso. Y cuando ellos abren el calabozo en uno había una chica, de rodillas. Estaba con una manta oscura, recostada en la pared. Hasta el día de hoy me acuerdo cómo nos miró esa chica. Tenía una cara de desesperación. De horror, de miedo. Y enseguida el policía que nos había llevado ahí gritó algo y cerraron la puerta. Yo esa angustia no la había sentido nunca".
En el Pozo de Banfield estuvieron detenidas ilegalmente unas 350 personas y durante el funcionamiento como centro de detención ilegal se tiene registro de que pasaron al menos 30 mujeres embarazadas. Entre septiembre de 1976 y diciembre de 1977, funcionó una maternidad clandestina donde nacieron al menos ocho bebés, de los cuales cinco recuperaron su identidad.
"Me acuerdo que la primera noche un oficial entró con nosotras al calabozo y le pidió a otro que nos trajera dos colchones", relata 'Trachyn' a Feminacida y continúa: "Nos subieron unos de color azul, de lana. Y cuando nos los traen y los abren. Ay, estaban llenos de sangre. Y de coágulos y de pelos largos. Yo no sé si era para asustarnos, pero no me lo puedo olvidar tampoco. Y al final le dijo que no, que se lleven esos y que nos traigan otros. Y nos trajeron unos de goma espuma después".
Para Fabiana, esa noche fue de las peores de su vida: "Me habían desnudado entera, así me tiraron en la celda, a las patadas, a las cachetadas. Yo no sabía lo que estaba pasando, entrado a ese lugar oscuro que no se veía nada, porque no se veía nada. La puerta era de chapa, de fierro, y estábamos tan asustadas que solo se sentía ese trac, trac, esos golpes. Fue una cosa horrible, fue la experiencia más bruta que sufrí. Y también cómo yo comencé mi vida como trans".
Ser travesti en esos años era, para Julieta, "ser prostituta, no quedaba otra": "Estábamos entre Acassuso y Beccar, íbamos cerca del CASI y cuando eso se ponía picante nos íbamos a Munro. Y siempre era lo mismo, pasaba la policía, pasaban los militares y nos llevaban porque sí, porque querían ocultarnos. Y te daban días: 5 días, 10, 15, 20, 30 y 60 días también. Iban sumando cosas que no les gustaban: si éramos rebeldes, si pateabas, si contestabas".
El hostigamiento a la comunidad travesti-trans durante esos años no eran sólo las detenciones clandestinas: existía una cacería que era constante en las calles. Florencia Guimaraes es activista travesti y presidenta de la Asociación Civil La Casa de Lohana y Diana. En diálogo con Feminacida, afirma que durante la dictadura las detenciones no eran al azar y que existían figuras como "escándalo en público, vestimenta inadecuada al sexo, incitación al acto carnal".
"De eso también es importantísimo tomar testimonio, no solamente de las compañeras que estuvieron en los centros clandestinos de tortura y exterminio, sino de las compañeras travestis que pudieron narrar, contar esas vivencias y esas historias", insiste Guimaraes.
En la Argentina el precio de ser una misma es vivir cuarenta años menos: mientras que el promedio de edad en el país es de 77, el de una mujer travesti o trans es de solamente 37 años. En casos como los de Julieta o Fabiana, a la decisión de cambiar la expresión de su identidad de género le siguió el destierro de la sociedad: ambas decidieron decir que no tenían familia para no causar problemas. "Yo dejé de ver a mi tía", afirma Fabiana y sigue: "No quería que tenga ningún tipo de lío, porque en esos momentos la policía, los militares te iban a buscar a tu casa. Entonces preferí siempre alejarme, yo decía que nunca tuve familia".
Durante la última dictadura, la población tenía que respetar el status quo. "Nosotras, desde nuestra corporalidad, desde nuestra identidad de género, desafiábamos esa moral cristiana que se pretendía instalar. Ese modelo de familia pura, esa familia patriarcal, esa familia ‘normal’. Había un acoso específico hacia las maricas, hacia las identidades disidentes, hacia las personas travestis y trans", confirma Florencia.
La persecución continuó durante todos esos años, pero eso jamás las hizo dudar de quiénes eran. Así lo dice Fabiana: "A mí no me han quebrado nunca porque a pesar de que me hayan pegado como me pegaron y que me hayan hecho lo que me hicieron, no consiguieron que yo dejara de ser quien era. Fue una decisión demasiado fuerte para mí y la afronté siempre con el anhelo de que en algún momento iba a ser mejor".
El 10 de diciembre de 1983, con la asunción de Raúl Alfonsín, la dictadura llegó a su fin. Se iniciaron juicios por crímenes de lesa humanidad condenando a más de 1000 represores por secuestros, torturas y robo de bebés. Y se estableció que el número de víctimas del terrorismo de Estado habían sido 30.000. "Para las travestis la democracia no volvió en el año ‘83 porque se olvidaron de un montón de compañeras y compañeros maricas, tortas, travas que pusieron el cuerpo, que eran parte de quienes militaban o quienes eran perseguides por su identidad. Cuando decimos que fueron 30.400 tiene que ver con esto también, con todas aquellas personas LGTBI que fueron detenidas, que fueron secuestradas y que fueron desaparecidas. Y muchas de ellas, no solamente por su orientación sexual e identidad de género, sino por su pertenencia política", sostiene Guimaraes.
La justicia llegó en octubre de 2020, cuando el Estado enjuició a 15 represores acusados de crímenes de lesa humanidad cometidos contra 442 víctimas. La Secretaría de Derechos Humanos de la Nación fue querellante en este debate y acompañó a las sobrevivientes y familiares a través de la Coordinación de Asistencia a Testigos Víctimas.

"La noche que Ana (Oberlin, parte de la fiscalía) me dijo que íbamos a ir al juicio, me acosté con una sensación de alegría, de felicidad inmensa", recuerda Julieta. "No lo podía creer. Me dio paz. Ese día yo iba a ser la voz y los ojos de esos chicos jóvenes que murieron. La chica que yo vi ahí, con la manta. Ser la voz de ellos para mí fue lo más importante. Porque yo decía, por qué será que Dios me salvó Si a todos mataban", cuenta Julieta.
Junto a Valeria del Mar Ramírez, Claudia, Judith Lagarde, Analía Velázquez, Paola Leonor Alagastino, Carla Fabiana Gutiérrez y Marcela Viegas Pedro se convirtieron en las primeras mujeres trans en declarar en un juicio donde se trataron los crímenes que se cometieron contra este colectivo durante el {ultimo gobierno militar. El fallo, que terminó condenando a 11 acusados por delitos de lesa humanidad durante el Terrorismo de Estado —diez de ellos a prisión perpetua—, reconoció por primera vez a ocho mujeres trans y travestis como víctimas.
Fabiana atesora el día de la sentencia: "Lo dije en el juicio: estoy orgullosa de nuestros logros, de nuestras batallas. Y que hayamos logrado nuestra libertad, que era lo principal. Poder caminar por las calles sin tenerle miedo a la policía, sin que vuelvan a hacer lo que nos hicieron los militares. Hay heridas que no se van a cerrar nunca más. Los momentos brutos que pasé, el hambre, los golpes, las violaciones, los fríos que pasamos sin ninguna piedad hacia nosotras".
Para Julieta la sentencia también significó un antes y un después: "Que hoy podamos contar nuestra historia es muy importante para la juventud, porque gracias a Dios las chicas más jóvenes pueden estudiar, pueden trabajar, no tienen que terminar siempre en la calle. Pero que nos vean luchar y seguir luchando es lo que importa. Nosotras revolucionamos nuestras propias historias. Creo que nunca pensamos que íbamos a llegar a tanto, pero acá estamos".


