Enriqueta Muñiz, la colaboradora secreta

Fue una periodista de amplia trayectoria y dio sus primeros pasos de la mano de Rodolfo Walsh. A 50 años del Golpe de 1976, la vida y obra de Enriqueta representa un ejercicio de memoria; pero también una búsqueda de reconocimiento a aquellas mujeres que -con su trabajo- dejaron una marca en la historia de nuestro país. Releer sus escritos implica revisar los cimientos del oficio periodístico con enfoque de género y derechos humanos.
Enriqueta Muñiz está sentada sobre los yuyos secos, Rodolfo Walsh apura una foto con el temor de que no salga bien; la cámara no es suya y el cielo está demasiado gris. Ella posa para él para despistar, pero la intención es dejar un registro de ese lugar al que llegaron con ayuda de un planito a mano alzada. Los molinetes, el camino de tierra, la hilera de Eucaliptus, el campanario de la iglesia, el árbol grande y solitario en medio de la nada y el zanjón. Es sábado 19 de enero de 1957 y están en José León Suárez, provincia de Buenos Aires.
Ahí mismo, siete meses antes, la policía había ordenado la ejecución de doce civiles. Juan Carlos Livraga -que logró sobrevivir a ese operativo ilegal- les había indicado el camino para que pudieran llegar. “Si alguien vigilaba el lugar, éramos una inofensiva pareja que quería guardar el recuerdo de un paseo”, escribirá Enriqueta más tarde.
Siempre que pudo evitó hablar de su relación con Walsh. Pero lo acompañó en el proceso de escritura que decantó en Operación Masacre. Fue protagonista de ese libro parteaguas que cambió las lógicas del periodismo en todo el mundo. Destacó como periodista, sentando así un precedente para otras mujeres que buscaron su lugar en el oficio. Enriqueta quiso que su nombre pase inadvertido. Aún así dejó unos diarios: cuadernos proljísimos, escritos a mano, con la gesta de esa investigación; la del “hombre que mordió al perro”.
Pasaron 69 años de aquella búsqueda en la escena del crimen, y 49 del intento de secuestro -por parte del grupo de tareas 3.3.2- que terminó con la vida de Walsh. Sin embargo, la historia de ambos esconde pistas para entender el presente y sobreponerse en tiempos aciagos; y, sobre todo, para no olvidar la serie de sucesos que desencadenaron en la última dictadura cívico militar.
“Esta pareja, estos compañeros, nos dejaron un mapa muy profundo y honesto del ejercicio de periodista profesional. La memoria colectiva viaja en botellas que tienen destino de naufragio y, entonces, lo que tenemos que hacer es recuperarla”, augura Cynthia Ottaviano, que -en su comienzo en el oficio- compartió la redacción con Enriqueta.
Un breve texto cada día, un diario
Sol de Mayo y Mascota, cuadriculados, de aproximadamente 50 hojas cada uno. Los cuardernos son dos y muestran una radiografía de época, alejada de los algoritmos, la (sobre)información a la mano y la velocidad del consumo. Los descubrió y publicó enteros el periodista Diego Igal en el libro Historia de una investigación: Operación Masacre de Rodolfo Walsh, una revolución de periodismo (y amor). Él intentó entrevistar a Enriqueta sin éxito, y el material se conoció tiempo después de que la mujer falleciera. Fue una excusa para perfilar a esa mujer soltera, sin hijos, a la que le gustaba la Fórmula 1, andar en moto y ser anfitriona de sus amigos y amigas.
Los diarios están escritos con dedicación, a conciencia, con tinta azul y la letra bien legible. Le llevó tiempo, se nota. Están prolijas hasta las tachaduras: de ellas hizo dibujos de puentes, ballenas, aviones, montañas, autos, edificios, valijas. Y lo que develan esas páginas son las decenas de trenes y colectivos que tomaron juntxs para hacer las entrevistas; las peripecias para conseguir tan solo la copia de un texto; las descripciones de los personajes claves de la historia; los métodos y tácticas que tenían para entrevistar (una de ellas consistía en que Enriqueta pasara a la cocina con las esposas de los sobrevivientes y Rodolfo se quedara en el comedor); los vínculos que construyeron a lo largo del tiempo para darle cauce a la publicación de libro; las discusiones cuando no compartían el mismo criterio; las sensaciones del cuerpo ante el peligro, el cansancio y el hambre, estar exhaustos.
A la vez, las demostraciones de cariño y complicidad: en los márgenes tiene notitas de él, de Rodolfo, expresiones o aclaraciones que suman a los datos. “Felicitaciones por una bella crónica, además de tanto”, le escribió en la contratapa del primer cuaderno.


Una compañera de aventuras
Enriqueta aguarda la próxima pregunta. La cámara graba. Es 1990 y acaba de publicar su primer libro de ficción, Emaciano en el umbral. Cristina Mucci, la conductora de Los siete locos, aprovecha la oportunidad de esta publicación y mete la cuña. Ahora, su entrevistada parece algo incómoda.
–El libro Operación Masacre está dedicado a Enriqueta Muñiz…
–Tuve el honor y el enorme aprendizaje para mí, porque era muy joven en ese momento, de apoyarlo, ayudarlo (a Walsh). Es decir, poner todo el trabajo periodístico con él –se apura a responder.
–Lo hiciste vos.
–No, no. Lo hicimos juntos.
–Hay mucho de vos. Fijate lo que dice en el prólogo (...). Es casi una co-autoría.
–Sí, pero no. Ese libro pertenece enteramente a Rodolfo. Es su mejor libro, sin desmerecer su obra de ficción ni su trabajo posterior. Marcó una pauta dentro de la Argentina, del periodismo escrito de otra manera.
La conversación fue una réplica de las tantas que tuvo con otras personas a lo largo de su trayectoria. Prefirió mostrarse como una colaboradora. Y sin embargo, ese hecho marcó su destino. Nunca abandonó el oficio después de aquel 20 de diciembre de 1956, en el que Walsh le llevó la historia de Livraga. En ese momento, ella tenía 22 años y él 29, eran compañeros en la Editorial Hachette. Recientemente, había llegado con su familia desde España con intenciones de exiliarse en la Argentina.
El prólogo de Operación Masacre al que refería Mucci, en la entrevista, era el de la tercera edición de 1964 y decía así: “Desde el principio está conmigo una muchacha que es periodista, se llama Enriqueta Muñiz, se juega entera. Es difícil hacerle justicia en unas pocas líneas. Simplemente quiero decir que si en algún lugar de este libro escribo ‘hice’, ‘fui’, ‘descubrí’, debe entenderse ‘hicimos’, ‘fuimos’, ‘descubrimos’. Algunas cosas importantes las consiguió ella sola, como los testimonios de los exiliados Troxler, Benavídez, Gavino. En esa época el mundo no se me presentaba como una serie ordenada de garantías y seguridades, sino más bien como todo lo contrario. En ella encontré esa seguridad, valor, inteligencia que me parecían tan rarificados a mi alrededor”.

Menos libertad, más censura
¿Es posible encontrar en los apuntes de Enriqueta una puesta en valor al trabajo del periodismo profesional hoy asediado por el gobierno de Javier Milei?
El debate por la reforma laboral, recientemente sancionada en el Congreso, se llevó puesto el Estatuto del periodista: fue derogado con 126 votos a favor, 119 negativos y 4 abstenciones. Había sido sancionado en 1946, y durante décadas amparó y reconoció los derechos de lxs trabajadores de prensa. El discurso oficialista aplaudió la decisión que tomaron ambas cámaras. Hay continuidad en el relato. Con el cambio de gestión los ataques crecieron exponencialmente; no solo desde la violencia verbal, sino también física.
Tan solo en los primeros seis meses de 2025, al menos 1251 personas resultaron heridas en contextos de protesta por parte de las fuerzas de seguridad. De ese total, el 14,4% fueron movilerxs, periodistas, fotorreporterxs y camarógrafxs. El número se desprende del informe del año pasado sobre libertad de expresión en Argentina que elaboraron la Federación Argentina de Trabajadores de Prensa (FATPREN), la Federación Internacional de Periodistas (FIP), la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA y el Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SiPreBA).
“El Estado, por acción u omisión, desatendió su rol de garante del derecho a la comunicación y tendió a reforzar una lógica de represión, intimidación y disciplinamiento de las voces disidentes y de quienes tienen la tarea de informar”, expresa el documento. A la vez, destaca un hecho puntual de gravedad institucional: el de la censura previa -vinculado a las presuntas coimas que cobraba Karina Milei, la hermana del Presidente de la Nación, en la Agencia Nacional por Discapacidad. En otras palabras, se prohibió la información de antemano para que no fuera difundida; algo que no ocurría hacía más de 30 años en la Argentina.
Natalia Vinelli, licenciada en Ciencias de la Comunicación, magister en Periodismo, doctora en Ciencias Sociales, evoca los métodos del periodismo clandestino y sus peligros, esos a los que estuvieron expuestos Enriqueta y Rodolfo, años antes de la conformación de ANCLA y Cadena informativa; dos proyectos que denunciaban los crímenes del terrorismo de Estado. “Si en momentos de mayor oscuridad, de mayores niveles de censura y represión, en momentos de dictadura militar, pudieron construirse herramientas para informar e informarnos, eso quiere decir que hay innumerables posibilidades de seguir construyendo instrumentos que nos permitan seguir trabajando por la verdad y por un periodismo que esté comprometido con la transformación”, dice a Feminacida.
La vida en una redacción
Cuando Cynthia se enteró de que Enriqueta trabajaba en la redacción de La Prensa no dudó en ir a buscarla. Durante un tiempo se la cruzó sin saber quién era. Se saludaban apenas, estaban en secciones distintas: ella en policiales y Enriqueta en el suplemento de cultura (un universo que no abandonó hasta jubilarse). Ambas asistieron a la transformación del diario. Era un mundo analógico que tenía otro tiempo: todavía se usaban las máquinas de escribir, el contestador automático existía raramente, había pilas de guías telefónicas con números de todo el país y los escritorios eran grandes, compartidos.
“Yo tenía una edición de las primeras de Operación Masacre que tenía una foto de una mujer joven. Era una belleza de la prolijidad. Estaba muy impecable con su vestido, pero parada sobre un basural. Pensé: es una antítesis muy potente. Un día quise saber por qué esa mujer tan pulcra posaba allí”, cuenta a Feminacida Cinthia, que hoy la recuerda en colores pasteles y con un perfil muy bajo.
Y agrega: “Enriqueta nos trae a un Rodolfo Walsh humano, caprichoso, irascible, que no tenía canalizada (en ese momento) toda esa personalidad en el campo nacional y popular. Al contrario, digamos, era lo que hoy diríamos un ‘gorila’ (...) Ella lo desnuda, deja al descubierto la fibra más profunda del hombre con el que compartió, con el que transformó su vida. Y no tiene, entonces, los pruritos del prócer, del referente. Ella lo vivió a tempo, ¿no? Como si uno pudiera decir: esa canción fue a dúo. No es que uno llega después a esa historia desde un lugar de reconocimiento y cambia la mirada”.
Tanto Vinelli como Ottaviano reflexionan sobre aquella obsesión de los dos, la de la búsqueda de la verdad; aunque eso implicara llevar el cuerpo al límite, arriesgarse. Coinciden en que es importante recuperar -o revalidar- el aprendizaje que dejan: el de la conexión con los otros y las otras, el de la apuesta al trabajo cooperativo y a la organización en red.
“Quedan aquí nuestros movimientos, nuestros triunfos y nuestros sustos”, se lee en las primeras páginas del primer diario de Enriqueta. Siempre así, siempre en plural.


