Percibir plata por cuidar no vuelve menos genuinos los afectos

Por Victoria ViolaEn Actualidad
Percibir plata por cuidar no vuelve menos genuinos los afectos

En un taller desbordado, al fondo de una escuela y sin ventilación, una barrendera jubilada que volvió a trabajar para criar a su bisnieto resumió lo que las estadísticas repiten sin que nadie las procese: cuidar no termina nunca y casi siempre recae en las mujeres. Victoria Viola, madre y creadora de Comadre podcast, relata en esta crónica su experiencia en el “Taller de cuidados” del último Encuentro Plurinacional.  Abre una pregunta incómoda: por qué cobrar por cuidar parece restarle valor al afecto y a quién le conviene que siga siendo gratis.

Foto de portada: Maru Bessone

Lo primero que sentí al entrar al taller 63 de Trabajos de Cuidado fue que el espacio era en extremo reducido. ¿Cómo íbamos a entrar acá todas las personas que cuidamos, con lo transversal que es el asunto y lo mucho que hay que cambiar? Alguien tomó la decisión concreta de darnos un lugar minúsculo, al fondo de una escuela, con pocas ventanas y sin ventilación. Esto se suma, claro, al hecho de que sacaron el taller de Cuerpos Gestantes mientras que la derecha nos tiene como target principal a la hora de hablar de caída de la natalidad. No deja de enojarme la obviedad de estas conclusiones que parecieran invisibles hasta para compañeras de lucha, así que dejo este pensamiento acá plantado para quien quiera hacerle lugar.

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Cuarenta minutos más tarde mi sospecha se volvió realidad. No había un espacio libre, ni en bancos, ni en sillas ni en el piso y un sólo movimiento en falso hubiera golpeado a alguien o tirado algún mate. Así, apretadas y con algunas mujeres que tuvieron que salir por sofoco o bajón de presión, arrancó el taller. Entre todas las asistentes, hubo una que me llamó la atención en particular. Tenía un gorrito de lana, estaba encorvada en una silla, ojos grandes como un bambi, pechera amarillo fluor, más de 70 años seguro. Nos fuimos presentando una a una y ella no habló. Por suerte la coordinadora del taller notó esto y le dio la palabra. Era barrendera en Misiones. Ya estaba jubilada, pero había tenido que volver a trabajar porque tenía a cargo a su bisnieto. A su bisnieto. ¿Es que acaso algún día paran los cuidados? ¿Tenemos noción de cuando arrancan siquiera?

La asamblea del día uno se fue desarrollando sin grandes discusiones pero sí con mucha lágrima y reafirmación. Una mujer contó que eligió no ser madre, pero cuidaba a sus mapadres y su hermano discapacitado, y al ser docente también sostenía problemáticas de adolescentes en el cotidiano. Además, trajo a la luz algo que me parece importante recalcar: siempre que una madre compañera tiene un problema de cuidados y se debe ausentar, le pide a otra mujer que la cubra, nunca a un varón. ¿Y por qué pasa eso? Porque los cuidados, lejos de lo que muchos piensan, no son invisibles. Sólo lo son a ojos de quienes creen no necesitarlos o propiciarlos. Y dada la división sexual del trabajo, en general cargan con esto solo las feminidades. 

Entre las asistentes al taller, una abogada compartió un concepto bastante demoledor, algo que pienso hace años pero nunca había terminado de bajar. En otras culturas, no cuidar a los propixs hijxs es una deshonra. Esto es otra dimensión de cuan feminizados están los trabajos de cuidado: los varones pueden reinventar su vida, mudarse, simplemente abandonar sus responsabilidades y compromisos, a sus hijxs, y existir livianos en el planeta sin consecuencias sociales ni legales. Hace poco se empezaron a entrecruzar datos para prohibirles que entren a canchas o recitales, pero a nivel social, la condena por abandonar a tus hijxs si sos varón es prácticamente inexistente. Imaginemos un escenario donde la madre se borrase de la escena. ¿Pensaríamos lo mismo? 

8 de cada 10 hogares monoparentales tienen a una mujer sola al frente. Seguro leyeron esta estadística cientos de veces. Pero, ¿la procesaron de verdad? Son chicos que dependen de una sola persona, casi siempre una mujer, que en esta coyuntura y con esta economía, en general gana menos y sostiene igual. Y no es solo una cuestión de quienes viven en la casa: más de la mitad de las madres cuyxs hijxs tienen un padre vivo, aparte no recibe la cuota alimentaria. Fundar estima que ese incumplimiento alcanza a más de 1,8 millones de chicxs, más que toda la población de Tucumán. Ahora imaginemos si ellas también dejaran de hacerse cargo. ¿Quién cuidaría a esos 1,8 millones de infancias? ¿Llegamos a dimensionarlo? Así como debemos disputar el sentido de cuidar, debemos hacerlo con su opuesto, abandonar. Mejorar como sociedad implica cuestionar aquello que perjudica a quienes la integran, y estos son millones de infancias arrojadas a la dificultad y al trauma simplemente porque alguien decide romper todos los acuerdos legales y emocionales sin consecuencias.

Otro asunto que surgió en el taller es el de las tareas sostenidas por las niñas de la casa en familias donde trabajar formalmente consume tantas horas que no queda resto para cuidar. Si hay niñas y niños en casa, el peso cae sobre ellas: las mujeres con dos o más menores de 13 años destinan más de diez horas diarias, según un informe del Ministerio de Economía con datos de esa encuesta. Este trabajo tiene precio. Basta con hacer el cálculo de cuánta plata saldría tercerizar las horas de cocina, docencia, cuidados, limpieza, traslados, sostén emocional y coordinación de agendas para entender el mundo sumergido que implica mental y físicamente cuidar a alguien. La misma Dirección de Economía, Igualdad y Género estimó que, valorado de manera conservadora, el trabajo no remunerado equivalió al 16,8% del PBI en 2022, más que el comercio y la industria, y que el 70% de ese aporte lo hicieron las mujeres. 

Yendo al caso de los trabajos formales, este año se reformó la Ley Laboral y ni se tocó el tema de las licencias parentales. Quienes tienen trabajos en relación de dependencia cuentan con licencias de cuidado extremadamente desiguales que perjudican a las mujeres y diversidades, ni hablar de si adoptan. Esto sin contar la falta de sostén que hay para quienes cuidan personas discapacitadas o adultos mayores. Prácticamente inexistente. 

Creo que para empezar a tirar del hilo de los trabajos de cuidado, primero debemos disputar su sentido porque todxs cuidamos o necesitamos cuidados. Entender esa dimensión lo volvería automáticamente un asunto social y político, y no privado e individual como sucede hoy en día. Las madres y personas que cuidamos somos seres deseantes, sujetxs politicxs y mucho más que meras víctimas patriarcales. Tenemos ideas, voz propia, necesidades que varían según clase y territorio, pero algo en común: sostenemos el tejido de la sociedad con los cuidados. Remarco esto porque creo que mismo dentro de los feminismos hay una aversión al tema, un link directo entre cuidar y maternar, y la rápida conclusión de que quien materna lo hace por mandato siendo funcional al patriarcado.

Dentro del propio taller había compañeras que seguían usando el concepto de “tareas de cuidado”, lo que le quita el valor productivo al asunto, porque una tarea es algo menor, un quehacer doméstico, sencillo de resolver, mientras que los trabajos tienen una dimensión política y económica, y engloban más el sentido de lo que hacemos quienes creemos que no puede seguir siendo ignorado. Recibir plata por cuidar no vuelve menos genuinos los afectos. Y gracias a la romantización de los cuidados y la maternidad, criar, cocinar, enseñar, atender enfermos, hacernos cargo de nuestxs viejxs y discapacitadxs son amor y no requieren de nada más que voluntad y cariño para sostenerse. No se paga el gas, la comida y el colectivo con afecto. Lamentablemente no alcanza, si no seríamos más ricas que los tecno feudales.  

Es urgente que cuidar y criar no sigan siendo una carga individual de mujeres y madres. Es una tarea colectiva que nada tiene que ver con el género y depende de toda la sociedad y su cambio de mentalidad para que se reconozcan. ¿Por qué en un mundo que gira en torno al capital y privatiza los cuidados, pensar en adjudicarles una remuneración a los mismos pareciera restarles su valor? ¿A qué intereses responde que sigan siendo “gratuitos” y romantizados? ¿A quién beneficia y a quién perjudica? Resulta urgente responder estas preguntas y deberían ser tratadas transversalmente por los feminismos, porque allí radica una de las principales razones del empobrecimiento de las feminidades.  A riesgo de sonar radicalizada, creo que los cuidados son “el nuevo aborto”: una gran oportunidad de encolumnarse como movimiento tras un objetivo común. 

El Encuentro le puso territorio y presencia a un trabajo que lleva años realizándose porque la situación de quienes cuidamos es crítica. Desde La cocina de los Cuidados, una organización multisectorial, surgió el Acuerdo Nacional de los Cuidados, que contiene detalladamente los puntos que precisamos sean tratados para terminar con esta precarización. Pueden leerlo en detalle acá. En lo que respecta al taller, concluimos luego de una tercer asamblea álgida donde algunos puntos parecian no tener acuerdo (había mujeres que creían que proponer lo difícil era perder el tiempo, por suerte ganó la postura de mencionar lo que deseamos, independientemente de cuan factible sea su implementación en el corto plazo). Se los comparto porque me gustaría que no quede en meras conclusiones y porque es un debate abierto, que necesita de muchxs para ser bien representado:

• Trabajadoras del cuidado formadas, registradas y bien remuneradas. El Acuerdo suma certificación de saberes, convenios colectivos y fiscalización. Pide también reconocer como trabajo el cuidado comunitario: comedores, merenderos, promotoras de salud. Según el documento, lo sostienen unas 250 mil personas, en su mayoría mujeres, con una triple jornada.

    • Centros de primera infancia en todo el país, según el territorio. El Acuerdo propone universalizar la educación pública temprana desde los primeros meses hasta los tres años, articulada con organizaciones comunitarias y lugares de trabajo. Dedica un eje a la diversidad territorial: zonas rurales, contextos de encierro, comunidades indígenas y regiones con menos servicios.

    • Licencias compartidas. El Acuerdo pide licencias igualitarias, obligatorias e intransferibles por nacimiento, adopción y crianza, y que los años de cuidado cuenten en la jubilación.

    • Acompañamiento de la salud mental. El Acuerdo habla de una crisis de salud mental que atraviesa a adolescencias y juventudes, con servicios interdisciplinarios que las acompañen y rondas de sostén en espacios públicos como clubes o bibliotecas para combatir el aislamiento y soledad.

    • ESI con perspectiva de géneros. Implementarla correctamente es urgente. El Acuerdo pide fortalecer la salud sexual y reproductiva, garantizar información y servicios de calidad y recuperar las políticas que redujeron el embarazo adolescente. Plantea que todas las políticas, y no solo las de género, reconozcan las desigualdades de mujeres y diversidades.

    • Transporte pensado desde el cuidado. El Acuerdo habla de ciudades accesibles, seguras y habitables para las infancias, y de los traslados como condición para las terapias y la asistencia de las personas con discapacidad con un “boleto de cuidados”.

    • Un observatorio que controle que todo esto se cumpla. El Acuerdo sugiere diagnósticos precisos, coordinación entre niveles del Estado y capacidad de regular los servicios privados de cuidado. También sería de vital importancia la coordinación de las políticas de cuidados con el resto de las políticas que mejoran la calidad de vida de las personas.


    Comadre es una plataforma feminista e independiente que investiga el lado político y económico de los cuidados. Su podcast documental cruza experiencias reales con datos y contexto para hablar de maternidad, crianza y trabajo invisible sin recetas ni romanticismo. Alrededor del podcast creció La Tribu, su comunidad con membresía, donde la conversación continúa con encuentros y contenido exclusivo, y Subrayadas, su club de lectura, que lee ficción, poesía y ensayo para entender cómo vivimos y cuidamos.

    Victoria Viola es Lic. en Comunicación, productora de podcasts e investigadora, con más de 20 años de trayectoria en comunicación, producción y estrategia de marca. Es fundadora y conductora de Comadre, y también conduce Filosa y Jugosa. Además, dirige la Clínica de Podcasts, un programa de mentoría para quienes quieren producir el suyo. Vive en Buenos Aires y fue destacada por su labor por la Legislatura Porteña.

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