Cuidar no es destino: la deuda pendiente con las trabajadoras del cuidado

Por Dalia CybelEn Actualidad
Cuidar no es destino: la deuda pendiente con las trabajadoras del cuidado

Las cuidadoras domiciliarias sostienen la autonomía y el bienestar de miles de personas, pero enfrentan salarios insuficientes, informalidad y un vacío legal que todavía espera respuestas. Desde hace años el sector reclama una ley que reconozca las particularidades de su trabajo. En el “Día Internacional del Cuidado y el Apoyo” hablamos con cuidadoras domiciliarias sobre su labor y el vacío legal que las atraviesa.

A la mañana, antes de que cada casa despierte, alguien ya puso la pava, preparó una vianda, buscó una media perdida, acomodó una mochila y recordó que hoy había que pedir un turno médico. Alguien dejó la ropa lavando, revisó si quedaba leche en la heladera y calculó si alcanzaba el tiempo para pasar por el supermercado antes de volver del trabajo. Alguien, tal vez, se quedó despierta durante la noche para cuidar una fiebre, acompañar una angustia o esperar que otra persona llegara a casa. 

Durante generaciones, el mandato de cuidar organizó la vida de millones de mujeres. Primero, en el interior de sus hogares. Después, en oficinas, fábricas, escuelas, hospitales y casas ajenas. Lo que durante siglos se consideró una responsabilidad natural de las mujeres puertas adentro, hoy también se realiza a cambio de un salario, aunque no necesariamente de un reconocimiento acorde con los conocimientos, el tiempo y la responsabilidad que exige. 

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Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), 381 millones de personas trabajan en la economía del cuidado en todo el mundo, lo que representa el 11,5 % del empleo mundial. Aproximadamente el 65 % son mujeres. Dentro de estas se encuentran las cuidadoras domiciliarias. Ellas, en su mayoría mujeres, son trabajadoras que prestan el servicio a personas con discapacidad, con patologías crónicas, con enfermedades invalidantes y a adultos mayores, en domicilios particulares. 

No todas realizan las mismas tareas ni tienen la misma formación. Muchos las confunden con empleadas domésticas, acompañantes terapéuticas o enfermeras, pero ser cuidadora conlleva ciertas tareas y tiene sus límites. Además, si bien todas estas profesiones pueden implicar vínculos cotidianos y tareas que resultan indispensables para la vida de otra persona, tienen funciones diferentes.

Silvana Costa trabaja hace 22 años en el cuidado de adultos y adultas mayores, especialmente con quienes tienen demencia o alzheimer. Hizo sus primeras capacitaciones en Cáritas y estudió tres años de enfermería. Hoy es Secretaria de la Asociación Civil "Cuidame que te cuido" de cuidados domiciliarios de la Provincia de Buenos Aires.

“El cuidado es universal”, explica Silvana, que distingue el cuidado en general de la asistencia gerontológica, que se da en el lapso más largo de la vida. Sus tareas con adultos mayores son relativas a asistir y cuidar: desde cambio de pañales, higiene, confort, alimentación hasta una larga lista de tareas de contención emocional. “Somos la cáscara que recubre todo lo que va dentro de la rama de salud mental”.

María Marta Bruno es presidenta de "Cuidame que te cuido", si bien de formación es locutora, se hizo cuidadora a los 47 años, cuando necesitó buscar un segundo empleo. Según ella entró al sistema de cuidados de la manera que hoy combate, a través de una empresa que contrataba cuidadoras aunque no sea personal calificado. Hoy habla con entusiasmo del deseo de oficializar la formación para las cuidadoras a través de una tecnicatura universitaria o de centros de educación profesional. Además, asegura que, aunque las cuidadoras sean el escalón de más baja complejidad del servicio de salud pública, deben ser reconocidas como tal.

“Cualquier grado de deterioro cognitivo requiere que la cuidadora tenga una formación porque hay que trabajar todo el tiempo con la voluntad de una persona que tal vez se resiste a las indicaciones médicas”, enfatiza. 

¿Quién sostiene a las que sostienen la vida? 

La situación legal de las cuidadoras en Argentina tiene un problema de fondo: el trabajo de acompañar y cuidar a personas que necesitan apoyo para su salud, su autonomía o su vida cotidiana no cuenta con un marco regulatorio nacional único que ordene toda la actividad. Esto genera diferencias entre provincias, dificultades para definir las condiciones de contratación y zonas grises en el reconocimiento de los derechos laborales. 

En 2018, Florencia Saintout, diputada bonaerense con mandato cumplido, presentó un proyecto de ley para establecer en el ámbito de la provincia de Buenos Aires el régimen de Cuidadores Domiciliarios. Durante el mismo año, la entonces diputada nacional, Mónica Macha presentó dos proyectos de ley en la Cámara de Diputados relativos a los cuidados: la ley de Cuidados en Igualdad y la ley de Universalización del Cuidado. Sin embargo, ambos perdieron estado parlamentario. 

En este sentido, Macha, ahora senadora bonaerense, presentó este 14 de octubre un proyecto de ley que busca otorgar un marco normativo en el åmbito provincial a las cuidadoras/es domiciliarios/as, terapéuticos/as y/o polivalentes, reconociendo la especificidad de la actividad y garantizando derechos tanto para quienes brindan el servicio como para quienes Ios reciben. 

El texto fija las funciones de las cuidadoras y cuidadores, contempla las tareas vinculadas a los hábitos de higiene, la colaboración en la administración de medicamentos bajo prescripción médica y la promoción de actividades recreativas. Además, permite a los/as cuidadores/as negarse a realizar tareas que no estén comprendidas en las funciones y competencias establecidas en la ley. 

A su vez, el proyecto estipula la creación de un Registro Provincial de Cuidadores/as Domiciliarios/as terapéuticos/as y/o Polivalentes, fijando los requisitos para su inscripción, con el fin de ordenar, transparentar y jerarquizar la actividad en el territorio bonaerense.

“Polivalente no quiere decir que hacemos cualquier cosa. Polivalente quiere decir que nosotros tenemos conocimiento de distintas cosas”, explica María Marta Bruno. En una frase la cuidadora permite discutir una idea muy arraigada: que cuidar es algo que las mujeres saben hacer naturalmente y que, por lo tanto, no necesita formación, límites ni reconocimiento profesional. 

La necesidad de una ley integral de cuidados no surge de la nada. En Argentina existen normas que regulan distintos aspectos de esta actividad, aunque desde marcos específicos y sin constituir un régimen integral para todas las personas que cuidan. La Ley 26.844 regula el trabajo del personal de casas particulares e incluye el acompañamiento y el cuidado no terapéutico de personas enfermas o con discapacidad. Sin embargo, excluye de ese régimen a quienes realizan tareas de cuidado exclusivamente terapéuticas o para las que se exige una habilitación profesional específica, así como a quienes son contratadas por personas jurídicas, por ejemplo una obra social.  

En el ámbito de la discapacidad, la Ley 24.901 establece un sistema de prestaciones básicas de atención integral e incluye la asistencia domiciliaria, sujeta a la indicación de un equipo interdisciplinario y a requisitos específicos. Por su parte, la Ley Nacional de Salud Mental 26.657 promueve una atención interdisciplinaria, comunitaria y respetuosa de los derechos humanos, y reconoce la necesidad de acompañamiento terapéutico y cuidados especiales. 

De todas maneras, ninguna de estas normas son específicamente adecuadas para las cuidadoras. La fragmentación normativa y las dificultades para determinar qué régimen corresponde, puede hacer más difícil definir qué se le exige a una trabajadora, qué formación necesita y bajo qué condiciones debe ser contratada.

“Nosotras estamos en un escalón intermedio, ni somos de salud, ni entramos en la ley de casas particulares”, asegura Silvana y continúa: “Sin querer terminamos siendo economistas, jardineras, paseadoras de perros, lavadoras, cuando en realidad nuestro cuidado se basa en el bienestar de la vida”. Además, explica, en este momento resulta más común que la familia decida llevar a un adulto mayor a una residencia que garantizar los cuidados en el domicilio.

Cuidad con un salario de hambre

Pero las cuidadoras no solo sostienen procesos complejos de otras personas: también deben afrontar sus propios gastos de transporte y formación, además de las responsabilidades domésticas y familiares de sus propias casas. Cuando las condiciones de contratación son inestables o los pagos se retrasan, esa precariedad repercute directamente en sus ingresos y en la continuidad de las prestaciones. 

La clase social determina bajo qué condiciones se cuida en base a un salario. Muchas de ellas son monotributistas y deben costear sus propios viáticos. Otras, contratadas por las obras sociales, reciben compensaciones irrisorias por sus tareas. 

Según informó en su cuenta de Facebook “Cuidame que te cuido”, IOMA, obra social de empleados y empleadas estatales bonaerenses, está pagando alrededor de $2.000 pesos la hora, con pago retroactivo. “Siempre cobramos con dos meses de retraso por lo menos, en tiempos de María Eugenia Vidal cobrábamos cada 6, 8 o 10 meses”, suma María Marta.

En un mundo capitalista el tiempo también es una forma de riqueza. Y mientras algunas personas pueden invertirlo en sus proyectos personales, otras lo utilizan para garantizar que la vida de los demás continúe. 

El feminismo puso preguntas fundamentales en el centro de la discusión pública: ¿quién cuida a quienes cuidan? ¿Qué pasaría si el cuidado dejara de considerarse un asunto privado y se reconociera como una responsabilidad colectiva? En el “Día Internacional del Cuidado y el Apoyo”, las que cuidan todavía siguen reclamando por los derechos básicos de uno de los trabajos más antiguos de la humanidad. 

“Yo creo que los políticos deben tener mucha suerte y no deben necesitar ni cuidadoras, ni cuidados, porque desde el 2018 estamos exigiendo la ley y no le dan importancia”, finaliza Costa. 

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