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"La virgen de la Tosquera" o dejar atrás la infancia

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En La virgen de la Tosquera, la adolescencia de tres chicas transcurre al calor de la crisis del 2001. En un conurbano marcado por la precariedad y la caída de la clase media, la historia se ve atravesada por el despertar de un deseo que ya no quiere ser contenido y busca con urgencia el primer encuentro sexual con un otro.

Natalia (Dolores Oliverio) es la protagonista, tiene 19 años y vive en Ituzaingó —en la zona oeste del Gran Buenos Aires— junto a Rita, su abuela y, de manera alternada, con Gerardo, el novio de ella. Sus padres emigraron a España como consecuencia de la crisis económica y no hay rastro de que vayan a volver ni de que intenten siquiera entablar un diálogo: la ausencia adulta estructura el mundo que Natalia —y el resto de los personajes adolescentes— habitan.

Por eso, la figura de la abuela Rita no es menor. Es la única que se hace cargo de Natalia de manera concreta: la cuida, la observa con preocupación y, cuando puede, interviene, incluso ofreciéndole ayuda a través de un amarre contra quien, según las chicas, viene a quitarles aquello que sienten como propio.

La virgen de la Tosquera acompaña a Natalia en el devenir de sus días durante un verano insoportable en la ciudad: los encuentros cotidianos con sus amigas Josefina y Mariela, las horas muertas en el cyber, las fantasías persistentes, la exploración del propio cuerpo y la necesidad de ser miradas, elegidas y, por sobre todas las cosas, deseadas. Ese deseo organiza la trama y se condensa en la figura de Diego: el coordinador del viaje de egresados, hasta verse alterado por la aparición de Silvia, la amiga mayor del grupo, cuya experiencia, carisma y egocentrismo alteran el equilibrio entre las chicas.



El film de Laura Casabé toma como puntos de partida dos cuentos de Mariana Enríquez: El carrito y La virgen de la Tosquera, retomando no solo situaciones y personajes presentes en los relatos, sino la construcción de una atmósfera densa: el conurbano como escenario de amenaza latente, donde lo cotidiano convive con una violencia sórdida y persistente. Esa violencia se manifiesta en escenas aparentemente menores, como el ataque a un linyera frente a la mirada impávida de Natalia y la indiferencia generalizada de los vecinos, con la única excepción de su abuela.

En ese universo, la adolescencia aparece retratada como un ritual de iniciación incómodo y desigual, atravesado por el cuerpo, sus transformaciones visibles y la urgencia de dejar atrás la infancia para ingresar en un mundo adulto que se presenta como promesa y, al mismo tiempo, como amenaza. Para Natalia, en particular, "perder la virginidad" no es solo una experiencia íntima, sino una forma de acceso, frágil y ambigua a ese mundo.

El deseo de Natalia no se construye desde la idealización romántica, sino desde la insistencia, la espera y la frustración. Silvia, que en principio no debería representar un peligro, se convierte en una figura de rivalidad: las chicas no dejan de repetir que “es fea”, en un intento por desactivar una amenaza que, sin embargo, se vuelve cada vez más tangible y profundiza el conflicto.

Por eso, la rivalidad entre las amigas no se transforma en una anomalía, sino más bien en un signo de época, con el que muchas mujeres nacidas y criadas en los años noventa vivieron. Y que se suma a los demás guiños de ese momento: Susana Giménez en la televisión, la moda de los pantalones tiro bajo, el culto al cuerpo delgado.  

Sin ir más lejos, el vínculo entre Natalia, Josefina y Mariela se construye en una tensión permanente, atravesada por la competencia, los celos y la necesidad de reafirmarse frente a la mirada masculina. Silvia encarna esa amenaza: no solo por su experiencia sexual, sino porque pone en evidencia una jerarquía implícita entre mujeres, donde el deseo masculino opera como capital simbólico y motivo irreconciliable de disputa.

En ese retrato incómodo del paso a la adultez resuenan ecos de otros relatos de iniciación pertenecientes al género coming of age: La niña santa de Lucrecia Martel, en su forma de abordar el despertar del deseo desde la incomodidad y el cuerpo; Lick the Star, el primer cortometraje de Sofía Coppola, por su estética similar de grupo femenino cerrado y conspirativo; e incluso Spring Breakers, de Harmony Korine, en la deriva de una juventud que confunde deseo, con ánimos de poder y pertenencia.



Sin reproducir esas historias, La virgen de la Tosquera —disponible desde el jueves 15 de enero en los cines argentinos— construye su propio lenguaje, donde la complicidad entre las tres adolescentes, marcada por murmullos, miradas cómplices y el mismo deseo de hacer daño se vuelven la única forma posible de supervivencia frente a un mundo adulto ausente y hostil.

A diferencia de los cuentos de Enríquez, el dispositivo audiovisual introduce además un elemento clave: una fuerza sobrenatural en el cuerpo de Natalia que, cuando el enojo y la frustración desbordan, se vuelve potencialmente destructiva. Una energía femenina, tal vez, ligada al deseo reprimido y a la ira, que evoca figuras clásicas como la de Carrie: adolescentes cuya violencia no encuentra otro canal posible más que el estallido que ruge desde las propias entrañas.



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