Ubicada en torno al Polo Sur y rodeada de fríos océanos, se estima que la Antártida tiene una superficie de 14 millones de km2 cubiertos de nieve y un clima tempestuoso que puede alcanzar vientos mayores a 200 km por hora. Fue descubierta oficialmente a comienzos del siglo XIX, aunque existen pruebas de que algunos cazadores de focas ya frecuentaban el continente en silencio. Desde la firma del Tratado Antártico de 1959 el área quedó reservada para investigaciones científicas de interés mundial y con fines pacíficos. Dentro del sector argentino, encontramos 13 bases, algunas permanentes y todas a cargo del Comando Conjunto Antártico responsable de la logística, traslados, mantenimiento y provisiones en la zona.
En un contexto de cambio climático y problemas ambientales nunca antes visto, estas tierras adquieren hoy un valor incalculable como espacio de investigación. Para comprender e interiorizarnos de lo que ocurre en el continente, Feminacida habló con tres ambientólogas de la Universidad de Buenos Aires elegidas para viajar al sexto continente y aportar su granito de arena en la búsqueda de soluciones para los problemas actuales y futuros.
Natalia tiene 29 años, es docente de la UBA y trabaja en el Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, donde comenzó como guía y continuó como investigadora. Actualmente está terminando su doctorado en Biología, investiga la remediación del ambiente utilizando plantas que absorben y retienen contaminantes. Desde muy chica supo que le gustaba el "mundo verde", como lo llama, y fue así que terminó estudiando la carrera por la promesa de aprender un poco de todo: biología y soluciones a problemas ambientales. Tenía claro que no le alcanzaba con repetir información, ella quería crearla. Durante su paso como estudiante de la licenciatura descubrió la investigación y soñó por primera vez con publicar un paper con su nombre.

Mariana (39), también investigadora y docente, estudia poblaciones de lobo marino antártico y los efectos del cambio climático en la dinámica de estos grupos. Como becaria del Conicet, la enseñanza es la única actividad profesional permitida por contrato, algo que limita sus posibilidades de desarrollo económico.
Ambas viajaron dos veces a la Antártida, por un total de 100 días aproximadamente con diferentes temas de estudio pero el mismo foco: vivir la aventura de investigar en el continente blanco. Mientras Mariana supo desde su postulación a la beca que tarde o temprano le tocaría viajar a recolectar muestras, Natalia fue invitada durante un Congreso en Puerto Madryn, donde en una breve charla, su calidez, energía y entusiasmo habrán oficiado de anzuelo. El caso más llamativo es el de Maya, que con 23 años y sin experiencia laboral en el área, ya cumplió su sueño y logró viajar mediante una convocatoria de la universidad a la que se postuló como quien juega a la lotería.
Las tres "antárticas" iniciaron el camino científico desde su amor por la naturaleza y los animales, ya sean mamíferos marinos o insectos de jardín. Mariana de chica soñaba con trabajar en contacto con este mundo y logró desempeñarse siete años en un centro de rescate de fauna silvestre, otro tanto como cuidadora en el antiguo zoológico de la Ciudad de Buenos Aires e incluso trabajar con pingüinos de magallanes en Chubut.
Natalia siempre supo que quería ayudar a los seres vivos que estaban en problemas, como en aquella publicidad de detergente donde limpiaban pingüinos empetrolados y que, recuerda, la dejó marcada.
Maya, por su parte, quiere dedicarse a la investigación de nuevas tecnologías para remediación del ambiente. Su lema: "problemas modernos, soluciones modernas". A su corta edad es muy clara en su discurso y sus objetivos.
Para lograr viajar, se debe pasar un extenso proceso de chequeos sanitarios previos: clínicos, cardiológicos, ginecológicos y psicológicos. Además de recibir indumentaria técnica como botas, pantalones de nieve y camperas. Dependiendo el caso, también alguna capacitación sobre las condiciones en las bases, como ser sobre la separación de residuos o las poblaciones de animales y sus comportamientos. Y es que en la Antártida se está completamente vulnerable a la naturaleza, sin chances de controlar nada.
A lo largo de las entrevistas, todas coinciden en algo: nunca sabés bien ni cuándo ni cómo llegás. Maya, por ejemplo, tenía fecha de viaje para el mes de febrero y terminó volando el 11 de marzo en un periplo que incluyó un vuelo en un Hércules, un tipo de avión de la fuerza aérea utilizado para logística, una noche en un refugio militar, un segundo vuelo, una semana en el rompehielos Irizar, un cambio inesperado de barco en medio de la noche, un viaje en gomón y finalmente el arribo a la base Esperanza.
El día a día en las bases, sin embargo, es bastante rutinario aunque también sorprendente. Algunas veces el trabajo consiste en emprender un viaje a pie a través de 5 km de nieve, rodeado de animales salvajes, para llegar a las zonas de muestreo. Otras, hacer una cadena humana para descargar las provisiones desde un barco anclado en la costa, donde pasan mano a mano las proteínas de origen animal, protagonista en la dieta antártica.
Por otro lado, el trabajo ocurre en un entramado de conocimientos que se traspasan de unos a otros, como por ejemplo en la búsqueda de suelo firme para las largas caminatas que suele representar todo un desafío. Natalia recuerda cómo sus compañeros le explicaban lo que necesitaba aprender, por ejemplo, maniobrar una jeringa para sacar muestras de sangre. Ahí aprendió todo el expertise necesario, desde cómo funciona el lugar donde viven hasta a agarrar un pingüino. El conocimiento proviene del grupo de trabajo, algo que genera fuertes vínculos entre colegas, que antes de subirse al avión para comenzar la travesía son completos desconocidos.
Dentro de las complicaciones se destacan la escasez de recursos, la hostilidad del clima y la falta de confort. Cuestiones que parecieran obvias, pero en caso de emergencia, de riesgo de congelamiento o falta de insumos de higiene básicos como el papel higiénico, la supervivencia se vuelve difícil. Una de ellas exige: "Deberían mandar más recursos a un lugar donde hay gente haciendo patria en circunstancias tan hostiles, personas que dejan su vida para quedarse todo el año trabajando”. Sin embargo, el lado B es que estar en la Antártida puede ser de mucho crecimiento personal. Es así que algunas veces, cuando sale el sol y la temperatura alcanza unos tímidos 2 grados, todo parece cambiar de color. Otras veces, cuando las ganas de irse abundan en la mente, un atardecer fascinante hace recordar el privilegio de estar ahí.

Según las entrevistadas, en las bases antárticas hay entre un 10 y 35 por ciento de mujeres, en su mayoría civiles. Maya, además de ser la más chica, sentía que ser mujer era algo fuera de la norma y recuerda a sus compañeras de estancia por sus profesiones: periodista, ingeniera, bioquímica, odontóloga, doctora y meteoróloga. Todas las entrevistadas, además, coinciden en que la presencia masculina se hace sentir y puede volverse más intimidante aún considerando que es una base militar aislada en el medio del fin del mundo. Pensada con un foco racionalista, la distribución de espacios deja poco lugar a las emociones y a la privacidad. Y en paralelo, como reza el refrán, pueblo chico infierno grande. Todos parecen saber todo de todos y ante la falta de buena conexión a internet, el chisme consigue volverse un pasatiempo.
El ambiente antártico solía ser un espacio machista, según nos comparte una de las científicas. Pero ella, que trabajó con lobos y elefantes marinos, focas, ballenas y delfines, quiere desterrar la idea de que este ambiente inhóspito, de tareas duras, no es apto para mujeres. Por eso, cree que debe haber un cambio de conciencia y comenzar a valorar más a las mujeres en la ciencia y sobre todo en la Antártida. Este espacio, ocupado tradicionalmente por hombres, también puede ser un lugar de crecimiento profesional. Como fue en su caso, que se encontró no solo con muchas amigas, sino también amigos, incluso de generaciones anteriores, con otra cabeza, que se abrieron a compartir su conocimiento. Y si bien reconoce que la primera vez llegó con cierto prejuicio, se sorprendió al encontrar que además de machismo, hay otras formas de pensar más colaborativas. Por eso, insiste que es importante no dejarse llevar por los comentarios y prejuicios, y que las pibas deben seguir involucrándose, en este y otros espacios aún vedados. Pero reconoce que la paciencia y el entendimiento son la clave para sortear las diferencias que podrían aparecer
Cuando hablamos sobre el futuro, todas ellas tienen un gran interrogante. Como es propio de la realidad de la Argentina, dedicarse a la investigación implica inestabilidad laboral. El anhelo de mayor financiamiento y mejoras de condiciones está latente. Los sueldos de los becarios son bajos y las condiciones hacen que algunas profesionales como Natalia se sientan forzadas a irse del país si no consiguen renovar sus becas con el panorama actual de recortes. Por eso, aclara con dolor, que las personas que hacen ciencia en Argentina tienen como motivación principal el amor por lo que hacen. Como Maya, que ya está planeando su próxima campaña y supo hacerse de todos los contactos necesarios para volver y continuar estudiando el pasto antártico.
Natalia está convencida que quiere ser científica en nuestro país, así tenga que trabajar un tiempo afuera mientras sigue publicando. Por su parte, sabe bien que tiene mejores posibilidades en el sector privado, pero no es su camino. Por eso, insiste en no permitir que la situación actual “nos saque las ganas”.


